Novela · Las Crónicas de Lumen

Cristal Rush

«No me busques. Pase lo que pase… nunca bajes más allá de la capa cien.»

— LYRA
Prólogo, 16 capítulos y 2 interludios · unas 24000 palabras · 104 minutos de lectura aprox.

Índice

PRÓLOGOLa Noche del CantoLumen de Abajo · Hace cien añosPARTE I · EL DESCENSOCAPÍTULO IInicialesCuevas Cristal · Capas 1 – 11CAPÍTULO IILatidosBosque Fungal · Capas 20 – 30CAPÍTULO IIILa listaLago Sumergido · Capas 40 – 50CAPÍTULO IVEl sol negroForjas de Magma · Capas 60 – 70CAPÍTULO VEl cantoAbismo Estelar · Capas 80 – 100INTERLUDIO IEl contrato de los diez añosNueva Lumen · Hace diez añosPARTE II · LO QUE LA MONTAÑA ESCONDECAPÍTULO VILa herederaBosque Cristalino · Capas 110 – 130CAPÍTULO VIIEl muralRuinas Solares · Capas 140 – 150CAPÍTULO VIIILa última vezEl Abismo · Capas 155 – 165CAPÍTULO IXLa ciudadCiudad Perdida · Capas 170 – 190INTERLUDIO IICien añosEl Núcleo · Desde la Noche del CantoPARTE III · LA PUERTACAPÍTULO XEl NúcleoEl Núcleo · Capa 200CAPÍTULO XILa reina dormidaEl Núcleo · Capas 205 – 215CAPÍTULO XIILa llaveDetrás de la puerta · Capas 225 – 235CAPÍTULO XIIILa traiciónEl coro de cristal · Capas 245 – 255CAPÍTULO XIVLa última canciónAnte la puerta · Capa 265CAPÍTULO XVEl primer mineroDel otro lado · Capas 275 – 285CAPÍTULO XVIEl reflejoEl fondo del fondo · Capa 300
PARTE I

El descenso

Cuevas Cristal · Lago Sumergido · Abismo Estelar
CAPÍTULO I

Iniciales

Cuevas Cristal · Capas 1 – 11

La Taberna del Pico Roto nunca cerraba. Estaba construida contra la misma boca de la mina, con la pared del fondo excavada en la roca. Decían que si uno apoyaba la oreja en esa pared, en las noches tranquilas, se escuchaba la montaña.

Hana entró poco antes de medianoche, con el pico al hombro y la capucha puesta. Olía a cerveza, a sudor y a hierro. En el tablón de contratos, junto a la chimenea, había docenas de papeles clavados: Se busca escolta hasta la capa 20. Se paga bien por cristal azul de la capa 8. Recompensa por la cabeza del Golem de Cuarzo: 300 de oro rúnico. Debajo, separados del resto, unos pocos sobres cerrados con lacre negro. Los contratos privados. Nadie los tocaba si no eran para él.

—¿Primera vez? —le preguntó el tabernero, un hombre gordo con un ojo de vidrio.

—¿Se nota mucho?

—Llevas el pico al revés.

Hana lo dio vuelta, roja hasta las orejas. El tabernero se rio, le sirvió un vaso de leche caliente que ella no había pedido y le dio el único consejo que, según él, valía la pena darle a alguien que bajaba por primera vez:

—Golpea siempre en el mismo punto. Y si los cristales empiezan a cantar, sube.

—¿Los cristales cantan?

El hombre se encogió de hombros y se fue a atender otra mesa. Hana se terminó la leche, dejó una moneda y cruzó el arco de piedra que separaba la taberna de la oscuridad.

✦

Las primeras capas de la mina eran casi bonitas.

Las Cuevas Cristal brillaban en tonos de azul y turquesa, y cada golpe del pico hacía saltar chispas de luz que flotaban un momento antes de apagarse, como nieve al revés. Hana aprendió rápido. El tabernero tenía razón: el cristal se rompía mejor si se golpeaba siempre en el mismo punto, y el oro rúnico que soltaban los fragmentos alcanzaba para comprar herramientas mejores en la forja de la capa tres, donde un enano malhumorado afilaba picos por encargo y no hacía preguntas.

Al principio le dolían las manos. Después dejaron de dolerle. Después, sin darse cuenta, empezó a golpear al ritmo de algo. No sabía de qué. Un compás lento que le subía por los brazos desde la roca: uno… dos… uno… dos…

En la capa cinco encontró la primera señal.

En la pared de la caverna, a la altura de los ojos, alguien había grabado un pico. No era un dibujo cualquiera. Era su pico: el mismo mango gastado, la misma curva, la misma muesca en la cabeza de hierro, tallada con tanto detalle que Hana levantó el suyo y lo comparó. Eran idénticos.

Y debajo, una sola letra: L.

—L… Lyra —murmuró Hana, pasando los dedos por la marca—. Así se llamaba mamá.

Lo sabía por el nombre bordado en un pañuelo, por la lista de compras, por la vecina que a veces, cuando había bebido un poco, decía que Lyra era la mujer más hermosa que había pisado el pueblo y la más triste. Hana pasó la yema del dedo por el surco de la L. El borde estaba afilado. Había polvo de roca fresco en el suelo, debajo de la marca.

Las marcas eran recientes. Demasiado recientes para una mujer que llevaba diez años desaparecida.

✦

Más abajo, en la capa diez, la esperaba el primer guardián de la mina.

Los mineros lo llamaban el Golem de Cuarzo. Era una mole de roca viva, tres veces más alta que un hombre, con vetas de cristal que le recorrían el cuerpo como venas encendidas. No atacaba a nadie que se quedara en las capas de arriba. Pero nadie había pasado más abajo sin romperlo antes, y muchos habían vuelto a la taberna con un brazo menos y ganas de cambiar de oficio.

Hana lo encontró dormido en el centro de una caverna redonda, rodeado de los picos rotos de los que lo habían intentado. Respiró hondo, buscó el punto donde las vetas se cruzaban sobre el pecho de la criatura —siempre en el mismo punto— y golpeó.

El golem despertó con un rugido que hizo llover piedras del techo.

Lo que siguió fue largo, sucio y mucho menos heroico de lo que Hana se había imaginado de niña. Rodó por el suelo, se cortó la frente, perdió el pico dos veces y lo recuperó tres. Pero el punto en el pecho del golem se fue agrietando, golpe a golpe, hasta que la luz de adentro empezó a escaparse por las fisuras. Hana levantó el pico para el golpe final…

Y una flecha pasó silbando junto a su oreja y se clavó exactamente donde ella iba a golpear.

El golem se partió en dos con un estruendo de vidrio roto.

—¡Ay! Perdón, perdón… bueno, no tanto. Ese tiro era mío.

Desde lo alto de una roca, una chica de cabello plateado bajaba el arco con una sonrisa enorme. Tendría un par de años más que Hana. Llevaba una capa verde llena de remiendos, el carcaj medio vacío y una venda vieja en la muñeca izquierda.

—¿¡Casi me das en la cabeza!?

—Casi. Si hubiera querido darte, no estaríamos conversando. —Saltó de la roca con una agilidad ridícula y aterrizó a su lado—. Freya. La mejor arquera de toda la mina.

—¿La mejor?

—También la única —admitió enseguida—, pero eso no le quita mérito, ¿eh?

Hablaba muy rápido, como si tuviera miedo de que alguien la interrumpiera, o de que se hiciera silencio. En el tiempo que Hana tardó en sacudirse el polvo, Freya ya le había contado que llevaba cuatro años en la mina, que conocía cada atajo hasta la capa treinta, que el enano de la forja le debía dinero, que más abajo había criaturas que harían ver al golem como un pollito y que, por cierto, tenía hambre.

—Te propongo un trato —dijo al final, señalándola con una flecha—. Tú golpeas fuerte. Yo no fallo. Lo brillante que encontremos, mitad y mitad. —Lo pensó mejor—. …Bueno, sesenta-cuarenta. Las flechas no crecen en los árboles.

—…Literalmente sí.

—Shh.

Hana se rio por primera vez desde la carta. No sabía si podía confiar en ella. Pero hacía diez años que nadie le proponía nada que empezara con «tú y yo».

—Sesenta-cuarenta —dijo—. Pero el sesenta es mío.

Freya abrió la boca, la cerró, y le tendió la mano con cara de profunda ofensa.

—Me caes bien. No te acostumbres.

✦

Entre los restos del golem, cuando el polvo terminó de asentarse, brilló algo que no era cuarzo.

Hana se agachó y lo levantó. Era un colgante de plata, gastado por los años, con una cadena fina y un medallón ovalado que tenía grabada, en el frente, una pequeña flor de cerezo. Estaba tibio. Estaba tibio como si alguien se lo acabara de quitar del cuello.

Las manos empezaron a temblarle.

—Mamá tenía uno igual —dijo, y la voz le salió muy bajita—. Nunca se lo quitaba.

Freya dejó de hablar. Por primera vez en todo el rato, no dijo nada. Se quedó mirando a Hana con una expresión que Hana no supo leer, y después se dio vuelta y fingió revisar sus flechas.

—¿Cómo termina dentro de un golem el colgante de una mujer? —preguntó Hana.

—Los golems se tragan lo que brilla —respondió Freya, sin mirarla—. Pero este no lo tenía hace una semana. Yo lo vi. Lo estuve vigilando un mes.

Hana intentó abrir el medallón. No se abrió. No tenía bisagra ni cierre; era como si la plata hubiera crecido cerrada. Se lo colgó al cuello. Encajó justo sobre el pecho, en el hueco exacto donde, sin saber por qué, Hana siempre había sentido que faltaba algo.

Muy abajo, en algún lugar que ninguna de las dos podía ver, el canto se detuvo un instante… como si la hubiera escuchado.

CAPÍTULO II

Latidos

Bosque Fungal · Capas 20 – 30

Freya no paraba de hablar.

Hablaba mientras bajaban por las escaleras talladas de la capa doce, mientras cruzaban el puente de cuerda de la capa quince y mientras Hana partía cristales en la dieciocho. Hablaba del enano de la forja, del tabernero del ojo de vidrio («se lo sacó un murciélago, dice, pero yo creo que se lo apostó»), de los precios del cristal azul, del frío, de la humedad, de una vez que se perdió tres días en la capa veintidós y sobrevivió comiendo un hongo que la hizo ver a su abuela bailando.

Al principio a Hana le pareció gracioso. Después le pareció cansador. Después, una noche, mientras Freya dormía junto al fuego, entendió.

Se despertó de madrugada y la mina estaba en silencio absoluto. Freya tenía los ojos abiertos. Estaba sentada con las rodillas contra el pecho, mirando la oscuridad del túnel, y movía los labios sin hacer ruido, como si contara algo.

—¿Freya?

Ella dio un salto y se rio, una risa demasiado rápida.

—¡Ah! ¿Estabas despierta? Nada, nada. Contaba murciélagos. Es un método. Para dormir. Llevo ciento doce. ¿Sabías que los murciélagos de esta capa tienen las orejas más grandes que…?

—Freya.

La arquera se calló. Durante un largo rato no dijo nada. El fuego chisporroteó. Y en el silencio, desde muy lejos, Hana lo oyó: un sonido suave, como alguien tarareando detrás de una pared.

—Es por eso —dijo Freya, en voz muy baja—. Cuando no hablo, se oye. Y cuando se oye… a veces me parece que es su voz.

—¿De quién?

Freya tardó en contestar.

—Mi hermano. Ivar. Somos gemelos. —Se tocó el pelo plateado—. El mismo pelo, la misma cara fea. Él era el bueno con el arco. Yo solo era la que hablaba. —Una sonrisa torcida—. Hace cuatro años bajamos juntos hasta el Bosque Fungal. Papá era cartógrafo, ¿sabes? Hizo los mapas de las primeras treinta capas. Ivar quería terminar lo que él empezó. Una mañana me desperté y él no estaba. Su arco estaba ahí, sus flechas, sus botas. Él no.

—Lo siento.

—No lo sientas. No está muerto. —Lo dijo con una seguridad que daba miedo—. Los muertos se quedan donde caen. Él no cayó en ningún lado. Lo busqué cada día de estos cuatro años, en cada grieta, debajo de cada piedra. Y lo único que encontré fue un cristal.

Freya metió la mano en su bolsa y sacó una piedra del tamaño de un huevo, azul pálido, atravesada por una única veta de plata. La sostuvo un momento a la luz del fuego y la guardó enseguida, como si le diera vergüenza.

—Sé que es una tontería —dijo—. Sé que es solo un cristal. Pero estaba justo donde él dormía. Y la veta es del mismo color que su pelo. Así que cada vez que los compradores de Casa Aria suben cristales con vetas de plata, yo les pago para que me los reserven. Todos. Por si acaso. —Se rio sin ganas—. Por eso el sesenta-cuarenta. No soy codiciosa. Es que soy pobre de una manera muy específica.

Hana no supo qué decir. Le tomó la mano. La de Freya estaba helada.

La suya no. La suya nunca.

✦

En la capa veinte, Hana notó algo que la hizo detenerse con el pico en el aire.

Los cristales latían.

No era una forma de decir. Era exactamente eso. Despacio, con una luz que crecía y se apagaba, crecía y se apagaba, como la respiración de alguien dormido. Como un corazón. Todos a la vez, en las paredes, en el techo, en el suelo, en toda la caverna hasta donde alcanzaba la vista.

—…¿Están vivos? —preguntó en voz baja.

Freya no contestó. Desde muy abajo, algo respondió por ella: un latido, lento y profundo, que subió por las paredes, le atravesó las botas y se le metió en el pecho. Hana se llevó la mano al corazón. Lo sintió golpear contra el colgante de plata.

Tenía exactamente el mismo ritmo que el latido de la montaña.

Uno… dos… uno… dos…

El ritmo al que llevaba días golpeando la roca sin saber por qué.

—Freya —dijo Hana, y tuvo que tragar saliva—. ¿A ti también te late así?

Freya se puso la mano en el pecho. Esperó. Negó con la cabeza, despacio, y por primera vez desde que se conocían la miró con algo parecido al miedo.

—No —dijo—. Solo a ti.

✦

El túnel se abrió hacia el Bosque Fungal.

Era otro mundo. Hongos gigantes, altos como torres, con sombreros violetas y anaranjados que se perdían en la oscuridad del techo. Musgo que brillaba bajo los pies. Y esporas: millones de esporas flotando en el aire como polvo de estrellas, girando despacio en corrientes que no venían de ningún lado.

Freya se puso seria. Allí fue donde perdió a Ivar, y Hana lo notó en cómo caminaba: despacio, mirando cada sombra, con una flecha siempre lista en la cuerda.

En la capa treinta, las esporas empezaron a moverse solas.

Primero fue un remolino pequeño, a la altura del suelo. Después otro. Después todas las esporas del claro se juntaron, se arremolinaron y dibujaron en el aire, con puntos de luz, la figura de una mujer. Alta. Delgada. Con el cabello recogido con prisa y un pico al hombro.

Hana dejó de respirar.

—¿Mamá…?

La figura se giró. La miró. Hana habría jurado que sonreía, aunque no tenía cara, solo luz. Y después levantó un brazo y señaló hacia abajo.

Hacia abajo, hacia la oscuridad, hacia donde latía la montaña.

Luego se deshizo en mil puntos de luz, que cayeron sobre Hana como una lluvia tibia, y el bosque volvió a quedar en silencio. Salvo por un zumbido grave, cada vez más fuerte, que venía del centro del claro.

—Hana —dijo Freya, tensando el arco—. No te muevas.

La Reina Espora salió de entre los hongos. Era enorme, una masa de filamentos y sombreros superpuestos, con cien ojos pequeños y brillantes que se abrían y se cerraban en desorden. Cuando se movía, soltaba nubes de esporas que hacían dormir a cualquiera que las respirara.

Así fue como se perdían los mineros en el Bosque Fungal. Se dormían, y no despertaban nunca.

—Tápate la boca —ordenó Freya—. Golpéala donde se juntan los sombreros. Yo me encargo de los ojos.

Fue una pelea extraña, casi en silencio, entre nubes de polvo dorado. Hana golpeaba con el pañuelo de su madre atado sobre la nariz; Freya disparaba sin pausa, flecha tras flecha, y cada una se clavaba en un ojo distinto. No fallaba. Hana lo vio con sus propios ojos: cien disparos, cien ojos. Más tarde, junto al fuego, Freya le explicaría su secreto con un encogimiento de hombros: «Mi padre decía que no hay que apuntar al blanco. Hay que apuntar a lo que hay detrás.»

Cuando la Reina Espora se desplomó, Hana encontró, enredado entre sus filamentos, algo que no esperaba: un carcaj de cuero, viejo y podrido, con tres flechas dentro. Cada flecha tenía tallada, junto a las plumas, una pequeña muesca en forma de I.

Freya lo tomó sin decir una palabra. Se sentó en el suelo, en medio del claro, con el carcaj de su hermano contra el pecho.

Esa noche no habló. Ni una sola palabra.

Y por primera vez, Hana escuchó con ella el tarareo de la mina, y se quedó despierta hasta que Freya se durmió, para que no tuviera que escucharlo sola.

CAPÍTULO III

La lista

Lago Sumergido · Capas 40 – 50

El agua del Lago Sumergido estaba tan quieta que parecía de vidrio.

La caverna era tan grande que no se veía el techo. Una niebla blanca flotaba a ras del agua, y en la orilla había restos de botes viejos, cuerdas podridas y un muelle de madera que se hundía en la oscuridad. Entre la niebla, algo enorme las observaba desde el fondo. No se veía. Se sentía, como se siente una mirada en la nuca.

Hana estaba partiendo un cristal en la orilla —le costaba; los cristales del lago eran duros como el diamante— cuando una voz grave habló a su espalda.

—Diez golpes. Diez golpes para un cristal.

Hana se dio vuelta con el pico en alto. Apoyado contra una roca había un hombre enorme, de barba gris y cicatrices, vestido con una piel de lobo que le cubría la cabeza y los hombros. Tenía los brazos cruzados y cara de profunda decepción.

—Mi abuela los partía en tres. Y no tenía dientes.

—¿Me estás siguiendo?

—Desde la capa doce. —Se rascó la barba—. Haces más ruido que un jabalí con hipo. Hasta los hongos se quejaban.

—Los hongos no hablan.

—Esos sí. Tú no los escuchaste porque estabas ocupada haciendo ruido.

Freya, que había aparecido detrás de él con una flecha apuntándole a la oreja, preguntó con mucha educación si quería que le hiciera un agujero nuevo en la capucha. El hombre ni se dio vuelta.

—Tienes la cuerda floja, niña. Si disparas así, la flecha se te va medio dedo a la izquierda.

Freya miró su arco. Lo miró a él. Bajó el arco, con la cara roja.

—…Tiene razón —le susurró a Hana—. Lo odio.

Se llamaba Tyr. Venía del norte, de los fiordos donde el mar se congela en invierno, y lo dijo como quien dice una mala palabra. Cuando se acercó al fuego, Hana vio que de su cuello colgaba un collar de colmillos. Grandes, amarillentos, atados con tiras de cuero. Contó doce. Demasiados para ser de un solo lobo.

—Eran de mi manada —dijo él, sin que nadie le preguntara—. Cada uno de ellos.

—¿Tus lobos?

—Mis hermanos. —Tyr se sentó, y el suelo pareció crujir—. En el norte los mercenarios no tienen apellido. Tienen manada. La mía era la mejor que ha cruzado el mar. Doce, conmigo trece. Nos llamaban la Manada, sin más, porque no hacía falta decir cuál. —Tocó uno de los colmillos, el más pequeño—. El Gremio de Cristaleros nos contrató para matar al Kraken de Coral. Bloqueaba el paso del lago y los cristales de abajo no subían. Pagaban una fortuna.

—¿Qué pasó?

—El Kraken los arrastró al fondo una noche sin luna. —Tyr miró el agua. La niebla se movió, como si algo hubiera respirado debajo—. Yo llegué tarde.

Hana lo miró. Lo miró de verdad: los nudillos blancos sobre las rodillas, la mandíbula apretada, los ojos fijos en un punto del lago que no tenía nada de especial salvo, quizá, que era ahí. Pensó en su madre, en el beso en la frente, en los diez años de esperar algo que no iba a volver.

—Lo encontraremos —dijo.

Tyr se quedó callado un largo rato.

—Hace años que nadie me decía «encontraremos». —Y luego, recuperando el tono, se puso de pie y le señaló el pico—. Te voy a enseñar a pelear de verdad. Agarras eso como si fuera una escoba. Si lloras en el entrenamiento, lo hablamos después.

✦

Tyr era el peor maestro del mundo y el mejor. Gritaba. Se burlaba. La hacía levantarse antes que la mina («la mina no duerme, pero tú tampoco»), le hacía cargar piedras, le hacía golpear la misma roca mil veces con los ojos cerrados. Cuando ella se equivocaba, él decía que su abuela lo habría hecho mejor, y su abuela, según Tyr, había sido ciega, manca, sorda y terriblemente buena en todo.

—¿De verdad existió tu abuela? —le preguntó Freya una noche.

—Existió. Mató a un oso con una cuchara.

—Eso no es posible.

—No con esa actitud.

Pero había cosas que Tyr no hacía. No se acercaba al agua. Nunca. Cuando tenían que bordear el lago, él caminaba por la parte más alta de las rocas, lejos de la orilla, y a veces, cuando creía que nadie lo miraba, se quedaba quieto y temblaba. Hana se dio cuenta. No dijo nada. Freya también se dio cuenta, y por una vez tampoco dijo nada.

Y había un colmillo que nunca tocaba. El más pequeño. Los otros once los acariciaba a veces, distraído, mientras afilaba su hacha. Ese no.

✦

En la capa cuarenta encontraron un campamento abandonado.

Estaba en una cueva seca, por encima del nivel del agua. Había una mesa de madera, dos banquetas, una manta doblada con cuidado y los restos de una fogata. Sobre la mesa, dos tazas de barro. Hana tocó una. Estaba tibia.

—Alguien estuvo aquí hace nada —dijo Freya, tensando el arco.

Tyr olfateó el aire como un perro. Frunció el ceño.

—No huele a nadie. Eso es lo raro. Huele a… a nada. A piedra.

Junto a las tazas había una hoja de papel, sujeta con una piedra. Era una lista de nombres, escrita con cuidado, con una letra pequeña y redonda. Había decenas. Algunos los conocían: nombres de mineros que habían desaparecido en las capas de abajo y cuyas caras se veían todavía en los carteles de la taberna. Otros eran viejísimos, nombres que ya nadie usaba. Brann. Odila. Gerd. Maelis.

Todos estaban tachados. Una línea fina, recta, decidida, sobre cada uno.

Todos… menos el último.

«Hana».

Hana sintió que el suelo se inclinaba. Tomó la hoja. El papel estaba tibio, como las tazas. Como el colgante. Como todo lo que, en esta mina, había tocado alguien que acababa de irse.

—Hay muchas Hanas —dijo Freya, despacio—. Es un nombre común. Mi tía se llamaba Hana. Era horrible, por cierto, pero se llamaba así.

—¿Quién… me está esperando? —susurró Hana.

Nadie le contestó. Y Hana no les dijo lo que más miedo le daba, porque no sabía cómo decirlo: que había algo en esa letra, en la forma redonda de la a, en la manera de inclinar la H, que le resultaba conocido. No era la letra de su madre.

Se parecía a la suya.

Se guardó la lista en el bolsillo, junto a la carta. Esa noche, mientras los demás dormían, la sacó y la comparó con su propia firma en el contrato de la taberna. Después la guardó otra vez, muy rápido, y no la volvió a sacar en mucho tiempo.

✦

Diez capas más abajo, las paredes del lago estaban cubiertas de ojos de cristal.

Eran cristales redondos, del tamaño de un puño, incrustados en la roca a cientos, a miles, del suelo al techo. Cuando Hana pasó, todos giraron hacia ella al mismo tiempo, con un chasquido suave, como el de mil párpados abriéndose.

—Bueno —dijo Freya, con la voz finita—. Esto es nuevo. No me gusta. Quiero dejarlo constar.

Desde el fondo, el canto subió de tono. Ya no sonaba dormido. Sonaba… impaciente.

Hana se paró en medio del pasillo de ojos. No sabía por qué, pero no tenía miedo. Tenía algo peor: la sensación de que la estaban esperando desde hacía mucho, y de que llegaba tarde.

—Ya voy —dijo, mirando la oscuridad—. Solo espérame un poco más.

Los ojos se cerraron todos a la vez.

✦

Esa noche, el Kraken de Coral salió del agua.

Primero fue un temblor en la superficie del lago. Después la niebla se abrió como una cortina y apareció: una masa de coral rojo y carne pálida, con tentáculos gruesos como árboles, cubiertos de ventosas que brillaban. Era más grande que la taberna. Más grande que la Casa Aria. Tenía un solo ojo, amarillo, del tamaño de una puerta.

Hana se quedó quieta. Freya se quedó quieta.

Tyr no.

Tyr ya estaba corriendo. Hacia la orilla. Hacia el agua. El hombre que no se acercaba al lago ni a diez pasos se metió en él hasta las rodillas, hasta la cintura, con el hacha en alto, gritando algo en su idioma que Hana no entendió, pero que sonaba a un nombre.

Peleó como si cada golpe llevara el nombre de uno de sus lobos. Y quizá lo llevaba. Hana lo oyó gritar ¡Bjorn! cuando cortó el primer tentáculo, ¡Halla! con el segundo, ¡Eirik!, ¡Sólveig!, ¡Thorgal!, uno por uno, once nombres, once golpes, mientras Freya disparaba al ojo amarillo y Hana golpeaba el coral de la cabeza en el mismo punto, siempre en el mismo punto, al ritmo del latido de la montaña.

Faltaba un nombre. Hana lo notó. Tyr también.

El Kraken lo agarró por la cintura con el último tentáculo y lo arrastró hacia el fondo. Tyr desapareció bajo el agua. La superficie se cerró sobre él.

—¡TYR!

Hana no pensó. Saltó al lago. El agua estaba tan fría que le cortó la respiración, pero a ella no le dio frío —nunca le daba frío—, y abrió los ojos en la oscuridad y lo vio: Tyr, hundiéndose, con los ojos abiertos, sin luchar. Sin luchar. Como si hubiera estado esperando ese momento durante años.

Hana lo agarró de la piel de lobo y tiró. Freya disparó una flecha a lo que hay detrás del ojo. El Kraken soltó un chillido que hizo vibrar el agua, aflojó el tentáculo, y Hana sacó a Tyr a la superficie, a la orilla, a las rocas, tosiendo, temblando, vivo.

La bestia se hundió por última vez. El lago quedó en silencio.

✦

Tyr no habló durante mucho rato. Se quedó sentado en la orilla, empapado, mirando el agua. Nadie se atrevió a interrumpirlo. Al final, cuando el fuego ya estaba casi apagado, dijo, sin mirar a nadie:

—No llegué tarde.

Hana levantó la vista. Freya también.

—Esa noche. Yo estaba ahí. Sigrun me dijo que no cruzáramos de noche. Tenía dieciséis años. Era la más joven. La más lista. Me dijo que el agua estaba demasiado quieta. —Tocó el colmillo pequeño, el que nunca tocaba—. Yo le dije que la Manada no le tenía miedo a un pescado grande. Cruzamos. El Kraken salió. Y yo… —Se le quebró la voz—. Me quedé quieto. Me quedé quieto en el bote mientras se los llevaba uno por uno. Ella me llamó. Me gritó mi nombre. Y yo no pude mover ni un dedo.

Nadie dijo nada. La niebla se movía despacio sobre el agua.

—Llevo doce años diciendo que llegué tarde —dijo Tyr—, porque es más fácil vivir siendo un hombre que llegó tarde que un hombre que tuvo miedo.

Se quitó el collar. Desató el colmillo pequeño con dedos torpes y lo sostuvo un momento sobre la palma, a la luz del fuego. Después se levantó, caminó hasta la orilla —hasta el agua, hasta que le mojó las botas— y lo dejó caer en el lago.

—Ella siempre quiso ver el fondo —dijo.

Cuando volvió al fuego, se sentó al lado de Hana, muy cerca, como un oso viejo que se arrima al calor. No le dio las gracias. Le revolvió el pelo con una mano enorme, una sola vez, y le dijo:

—Mañana entrenamos el doble. Te tiraste al agua sin quitarte las botas. Mi abuela se habría muerto de vergüenza.

—Tu abuela mató a un oso con una cuchara.

—Por eso mismo.

Hana se rio. Freya se rio. Y Tyr, por primera vez, sonrió.

CAPÍTULO IV

El sol negro

Forjas de Magma · Capas 60 – 70

Cuanto más bajaban, más calor hacía.

Después del lago, los túneles se volvieron rojos. La roca brillaba por dentro como carbón encendido, el aire temblaba sobre el suelo y el sudor se secaba antes de caer. Freya se ató el pelo y maldijo en tres idiomas. Tyr se quitó la piel de lobo por primera vez y resultó tener la espalda cubierta de tatuajes: doce lobos corriendo en círculo. Hana no sudaba. Nadie le preguntó por qué, y ella lo agradeció.

Las Forjas de Magma eran un mundo de ríos de lava, puentes de obsidiana y chimeneas naturales que escupían chispas hacia la oscuridad. Allí vivía el Dragón de Lava, y allí cayó, después de una pelea que duró desde una comida hasta la siguiente y que dejó a Hana con las manos llenas de ampollas, a Freya sin flechas y a Tyr con media barba chamuscada.

—No digan nada —gruñó Tyr, tocándose la cara.

—Te queda bien —mintió Freya.

En el silencio que siguió, alguien aplaudió. Despacio.

—Bonito trabajo.

Los tres se dieron vuelta a la vez. Sobre una roca, a pocos pasos —tan cerca que cualquiera de ellos podría haberlo tocado con el brazo estirado—, había un hombre sentado. Encapuchado, vestido de negro de pies a cabeza, con una hoja larga y delgada colgando del cinturón y botas de cuero que, Hana se daría cuenta más tarde, no hacían ningún ruido al caminar. Ninguno de los tres lo había visto llegar.

—¿¡Desde cuándo estás ahí!?

—Desde antes que tú.

Tyr levantó el hacha. Freya, sin flechas, levantó el arco como si fuera un palo. El hombre no se movió. Ni siquiera parecía tenso. Tenía la cara pálida, joven y cansada, unos ojos grises que no parpadeaban casi nunca y una cicatriz fina en el labio.

—Vidar —dijo, a modo de presentación—. Tenía un contrato por esa bestia. Seis meses de paga. —Miró el cadáver humeante del dragón, después a Hana—. Que tú me acabas de arruinar.

Hana, sin saber qué más decir, hizo lo que habría hecho cualquiera que hubiera crecido sola y aprendido que la gente se calma con comida:

—Perdón… ¿te invito algo?

Vidar la miró como si le hubiera hablado en otro idioma. Freya la miró como si se hubiera vuelto loca. Tyr bajó el hacha un poco, solo un poco, por pura curiosidad.

—Nadie me había invitado nada antes —dijo Vidar al fin—. Es raro. No me gusta lo raro. —Una pausa larga—. …Acepto.

✦

Comieron pan duro y queso junto a un río de lava, que era lo único que tenía Hana. Vidar comía muy despacio, en silencio, con la espalda contra la roca y la vista siempre en la entrada del túnel. Cuando terminó, se limpió los dedos en el pantalón y dijo, sin cambiar el tono, como quien comenta el tiempo:

—Ayer alguien del Núcleo me ofreció una fortuna por tu cabeza.

Freya escupió el queso. Tyr tenía el hacha en la mano antes de que Hana pudiera parpadear.

—¿¡Y qué le dijiste!?

—Que no.

—¿Por qué?

Vidar se encogió de hombros.

—Porque nadie paga una fortuna por la cabeza de una lavadora de cristales de diecisiete años. Así que no eres una lavadora de cristales. —La miró, y había algo en sus ojos que Hana no supo nombrar—. Quiero saber por qué vales tanto. Hasta entonces, camino detrás de ti. —Se acomodó la capucha—. Si escuchas pasos, soy yo. Si no escuchas nada… también.

—Eso no es tranquilizador —dijo Freya.

—No intentaba serlo.

✦

Fue Tyr quien lo dijo, esa noche, mientras Vidar hacía guardia fuera del círculo del fuego, tan quieto que parecía una sombra más.

—Lo conozco.

—¿A Vidar? —preguntó Hana.

—Lo conozco de nombre. En la superficie lo llaman la hoja finalizadora. Es de los Sin Ruido. —Tyr bajó la voz—. Un gremio de asesinos, niña. Los más caros del valle. Dicen que vienen de la antigua guardia de los reyes de abajo, de antes de la Noche del Canto. Dicen que Vidar es el mejor que tuvieron nunca. Que en diez años no ha fallado un solo contrato.

—¿Y antes de esos diez años?

Tyr la miró, sorprendido por la pregunta.

—No sé. Nadie habla de antes.

Hana miró hacia la oscuridad. No vio a Vidar. Pero estaba segura de que él la estaba mirando a ella.

✦

En la capa sesenta, Vidar le mostró el contrato.

Lo hizo sin aviso. Se sentó a su lado mientras ella afilaba el pico y le tendió un papel doblado, muy gastado, como si lo hubiera abierto y cerrado muchas veces.

—Es tuyo —dijo—. Más o menos.

Hana lo desdobló. Estaba escrito en una letra elegante, inclinada, de alguien acostumbrado a dar órdenes. No tenía nombre. Decía solo: La muchacha del farol azul. Que no pase de la capa cien. Por cualquier medio. Y la cantidad. Una cantidad tan grande que Hana tuvo que leerla dos veces.

—El que pagó por tu cabeza lo firmó con un sello —dijo Vidar—. Un sol negro.

Hana se quedó helada. Por primera vez en su vida, tuvo frío.

Sacó la carta de su madre del bolsillo y la desdobló con cuidado. En la esquina, casi borrado por los dedos de tantas noches leyéndola, estaba el mismo dibujo. El círculo negro. Los rayos. El mismo sol negro.

Vidar lo miró. No dijo nada. No pareció sorprendido. Y eso fue lo que más asustó a Hana.

—Mamá… —murmuró—. ¿En qué te metiste?

—El sol negro —dijo Vidar, despacio— es el sello más antiguo que tenemos los Sin Ruido. Era el sello de los reyes de Lumen de Abajo. Cuando llega un contrato con ese sello, no se pregunta. No se discute. Se cumple. —Se levantó—. Es la primera vez en cien años que alguien lo usa.

—Pero tú no lo cumpliste.

Vidar ya se estaba alejando. Se detuvo de espaldas.

—Todavía no estamos en la capa cien —dijo.

Y se fue a hacer guardia. Hana lo miró hasta que la oscuridad se lo tragó, y se preguntó si acababa de recibir una amenaza o una promesa, y por qué, de alguna manera que no entendía, le parecía que eran la misma cosa.

✦

En la capa setenta descubrieron algo todavía más extraño.

Al fondo de las Forjas había una herrería. No era una cueva con un yunque, como la del enano de la capa tres. Era un taller inmenso, excavado en la roca, con decenas de fraguas encendidas, fuelles que se movían solos y martillos que golpeaban sobre los yunques al ritmo de algo. Hana lo reconoció enseguida. Uno… dos… uno… dos… El latido de la montaña.

No había nadie. Las brasas nunca se apagaban. Los martillos golpeaban solos. Y nadie, ni Tyr ni Freya ni Vidar, sabía quién trabajaba allí.

—Yo no toco nada —anunció Freya—. Que conste.

En las paredes, colgados de ganchos de hierro, había picos. Cientos. Miles, en filas que se perdían hacia el techo. Picos nuevos, relucientes, recién forjados. Y cada pico llevaba un nombre grabado en el mango.

Tyr leyó algunos en voz alta. Brann. Odila. Gerd.

—Son los de la lista —dijo Hana.

Los nombres tachados. Uno por uno. Todos tenían su pico, y junto a cada nombre, una fecha. Algunas de hacía años. Otras de hacía décadas. Algunas tan viejas que el hierro se había puesto negro.

Hana buscó entre ellos con el corazón golpeándole las costillas. Fila por fila. Gancho por gancho. Hasta que encontró uno con su nombre.

Hana.

Era idéntico al suyo. El mismo mango. La misma curva. La misma muesca en la cabeza de hierro. Y debajo del nombre, una fecha.

La de mañana.

—¿Qué significa? —preguntó Freya, con un hilo de voz.

Nadie contestó. Tyr apretó el hacha. Vidar se acercó por detrás de Hana, miró la fecha largo rato y, por primera vez desde que lo conocían, dio un paso sin pensarlo: se puso entre ella y la pared.

—Significa que mañana no te separas de mí —dijo.

Hana dejó el pico en su gancho. No se lo llevó. No quería tocarlo. Pero esa noche, cuando cerró los ojos, siguió oyendo los martillos, y en el ritmo de los martillos le pareció oír algo más: una voz de mujer, muy lejana, que tarareaba una canción de cuna y se equivocaba en la última nota.

CAPÍTULO V

El canto

Abismo Estelar · Capas 80 – 100

El día de la fecha, Hana se despertó antes que nadie y pasó una hora sentada, mirándose las manos, esperando morir.

No murió. Desayunaron. Bajaron. Tyr la hizo entrenar el doble, como había prometido, y ella le agradeció en silencio cada grito, porque le impedían pensar. Vidar caminó toda la mañana a medio paso de su hombro, tan cerca que a veces sus capas se rozaban, sin decir una palabra. Freya contó chistes malos durante seis horas seguidas. Ninguno mencionó la fecha. Todos la tenían en la cabeza.

En la capa ochenta, el túnel terminó en el vacío.

—Ah —dijo Freya—. Bueno. Ahora sí estamos fritos.

Era el Abismo Estelar. Una caverna tan grande que no tenía paredes, ni techo, ni suelo: solo oscuridad, y en la oscuridad, millones de puntos de luz. Cristales flotando. Grandes como casas, pequeños como granos de arena, girando despacio en el vacío como estrellas, como si alguien hubiera metido un cielo nocturno dentro de la montaña. Entre ellos, puentes de roca delgados como hilos cruzaban de un cristal a otro, sin barandas, sin nada debajo.

Y el canto.

Allí el canto ya no era un murmullo. Se escuchaba claro, como si alguien cantara al otro lado de una puerta. Una melodía lenta, triste, sin palabras. Hana la conocía. La conocía de una manera que dolía, como se conoce el olor de una casa en la que uno vivió de niño.

Y decía su nombre.

No con palabras. Con la melodía. Cada vuelta del canto terminaba en dos notas, una alta y una baja, que sonaban exactamente como alguien llamando a otro desde lejos. Ha-na. Ha-na.

—¿Lo oyen? —preguntó ella.

—Oigo una canción —dijo Tyr, despacio—. No oigo nombres.

—Yo sí —dijo Vidar.

Todos se dieron vuelta para mirarlo. Él tenía la vista fija en el abismo y la mano en la empuñadura.

—La he oído antes —dijo, y no explicó dónde.

✦

Cruzaron los puentes de uno en uno, con Tyr adelante y Vidar atrás. Al fondo del túnel de la capa noventa, en un cristal enorme que flotaba en el centro del abismo, Hana la vio.

Encerrada en un bloque de cristal transparente había una mujer. Dorada, de pies a cabeza: cabello dorado, piel dorada por la luz, un vestido antiguo de terciopelo granate y joyas en cada dedo. Tenía los ojos abiertos. La estaba mirando a ella. Y lloraba. Las lágrimas le corrían por la cara, despacio, dentro del cristal, y no caían nunca.

Hana dio un paso adelante y se detuvo, porque conocía esa cara.

La había visto cada día durante siete años. Colgaba en el salón principal de Casa Aria, encima de la mesa donde se pesaban los cristales, en un retrato al óleo con marco de oro: la fundadora de la casa, la primera gran joyera de Lumen, la mujer que había convertido los cristales en la fortuna de tres reinos. Cuando Hana era niña y lavaba cristales en el patio, a veces se escapaba al salón solo para mirar ese retrato. Le gustaba la sonrisa. Era una sonrisa de alguien que sabe algo que tú no sabes.

—Veinte capas más —dijo Hana, con la voz quebrada, y no supo si hablaba de la mujer o de sí misma—. Solo veinte.

Pero la carta seguía pesando en su bolsillo. «Nunca bajes más allá de la capa cien.»

✦

Entre el cristal de la mujer dorada y ellos, en el último puente, había una niña.

No la habían visto llegar. Estaba ahí, sin más, de pie en el centro del puente, como si siempre hubiera estado. Era una niña de unos siete años, descalza, con un camisón blanco. Y era de cristal. Toda: el pelo, la piel, el camisón, los ojos. Un cristal rosado, transparente, a través del cual se veían las estrellas del abismo.

No se movía. Pero hablaba, con una voz que sonaba al mismo tiempo muy joven y muy antigua, como un eco que hubiera tardado cien años en volver.

—Si cruzas la capa cien —dijo—, ya no podrás volver a ser solo Hana.

Hana se acercó. Nadie la detuvo. Ni siquiera Vidar, que tenía la hoja a medio desenvainar y una expresión que Hana nunca le había visto, como si hubiera visto un fantasma.

De cerca, la niña tenía su cara.

No una cara parecida. La suya. La que tenía en el único espejo de la casa del farol azul, cuando era pequeña y se subía a una silla para peinarse. La misma nariz. La misma forma de los ojos. El mismo hueco en la sonrisa donde se le había caído un diente. En el pecho de cristal, a la altura del corazón, brillaba un colgante de plata con una flor de cerezo.

—¿Quién eres? —preguntó Hana.

La niña ladeó la cabeza.

—La que se quedó dormida.

Hana apretó el pico. Pensó en la carta. En su madre. En diez años de esperar en una ventana. En el colgante tibio que le latía contra el pecho y en el pico con su nombre y la fecha de hoy. Pensó en todo eso, y al final la respuesta le salió sola, sin pensar, como le salían los golpes cuando golpeaba en el mismo punto:

—Entonces seré algo más.

La niña sonrió, con el hueco del diente.

…y se rompió en mil pedazos.

Los fragmentos no cayeron. Flotaron, se esparcieron por el abismo como chispas y fueron a posarse sobre el cristal de la mujer dorada, que empezó a agrietarse con un sonido como de hielo en primavera.

Fue entonces cuando el techo empezó a caer.

✦

Fue todo muy rápido.

Un estruendo. Un temblor que sacudió los puentes como cuerdas de un arpa. Rocas enormes desprendiéndose de la oscuridad, cayendo entre los cristales flotantes, rompiéndolos, haciendo llover polvo de estrellas. Tyr gritó algo. Freya agarró a Hana del brazo. Vidar la empujó hacia adelante justo cuando una roca del tamaño de un carro se estrellaba donde ella había estado un segundo antes.

Hana corrió. No hacia atrás. Hacia el cristal de la mujer dorada.

Golpeó una vez, en el centro de las grietas. Siempre en el mismo punto. El cristal estalló. La mujer cayó hacia adelante, sobre ella, pesada y tibia y viva, tosiendo como alguien que ha estado mucho tiempo sin respirar. Hana la tomó de la mano y corrió.

Corrieron todos, por el último puente, entre rocas que caían, mientras el abismo entero parecía derrumbarse a sus espaldas. Y en mitad de la carrera, la mujer dorada se detuvo en seco y las frenó a todas.

—Espera. Antes de seguir, hay algo importante que hablar.

—¿¡Ahora!? —gritó Hana—. ¡Se está cayendo todo!

—Justo por eso. —La mujer se sacudió el polvo del vestido con una calma absurda—. Mi tarifa.

—¿¡Tu QUÉ!?

—Sé dónde está cada veta de oro de este abismo, cariño. Sé qué puentes aguantan y cuáles no, sé dónde están los túneles que nadie conoce y sé exactamente cuánto vale cada cristal que ustedes han estado vendiendo por la mitad de su precio. Eso no se regala. —Levantó un dedo lleno de anillos—. Diez por ciento de todo lo que saquemos. Y los cristales bonitos son míos.

Una roca cayó a tres pasos. Nadie se movió.

—Hecho —dijo Hana—. ¡Hecho! ¡Corre!

—Así me gusta. —Pero no corrió. Por un momento, en medio del derrumbe, la mujer bajó la mirada y se quedó quieta. Le apretó la mano a Hana. La voz le cambió.

—…Y gracias. De verdad. Pensé que iba a morir sola ahí adentro. Pensé que nadie bajaría tan profundo por mí.

Hana la miró. La mujer tenía los ojos húmedos. Después se sacudió, como quien se quita una capa mojada, y volvió a sonreír con esa sonrisa del retrato, la de alguien que sabe algo que tú no sabes.

—Bueno, basta de drama. ¡Corre, socia! La última en llegar paga la cena.

Así, entre risas nerviosas y rocas que caían, el grupo cruzó la capa cien.

La carta quedó atrás, en el fondo del bolsillo de Hana. Ya no había vuelta.

✦

Del otro lado del derrumbe, en un túnel tranquilo que olía a tierra mojada, se dejaron caer contra la pared, jadeando, cubiertos de polvo. Freya se rio hasta llorar. Tyr se revisó los brazos para comprobar que seguían ahí. Vidar se quedó de pie, mirando hacia atrás, hacia la capa cien, como quien mira una puerta que acaba de cerrarse.

—Me llamo Aria —dijo la mujer dorada, arreglándose el pelo—. Aria Valmont. Encantada.

Hana se quedó mirándola.

—Hay un retrato tuyo en Casa Aria.

Aria parpadeó. Solo una vez, muy rápido.

—¿Ah, sí? —Sonrió—. Será mi tatarabuela, cariño. En mi familia todas somos guapísimas. Es una maldición.

Hana no le creyó. Pero estaba demasiado cansada para preguntar, y Aria se había puesto a contar en voz baja, en un murmullo constante, sin darse cuenta de que lo hacía. Contaba números. Muy rápido. Como alguien que ha contado tanto tiempo que ya no sabe parar.

…treinta y un millones cuatrocientos mil… treinta y un millones cuatrocientos mil uno…

—¿Qué cuentas? —le preguntó Freya.

Aria se interrumpió. Miró a Freya como si no supiera de qué le hablaba. Después se rio.

—Mi diez por ciento, querida. ¿Qué otra cosa iba a contar?

Pero Hana, que tenía el oído pegado a la roca y el colgante latiéndole contra el pecho, se dio cuenta de algo que la hizo estremecer. Aria contaba al ritmo de la montaña. Un número por cada latido.

Como si llevara muchísimo tiempo haciéndolo.

INTERLUDIO I

El contrato de los diez años

Nueva Lumen · Hace diez años

Vidar tenía diecinueve años la primera vez que entró en la casa del farol azul.

Era invierno. Nevaba sobre Nueva Lumen, una nieve fina y silenciosa que le venía bien, porque borraba las huellas. Llevaba seis años con los Sin Ruido y nunca había fallado un encargo de práctica. Su maestra, una mujer vieja de manos perfectas a la que todos llamaban la Vieja, le había dicho esa mañana que estaba listo para su primer contrato de verdad.

El contrato venía del Gremio de Cristaleros. Lacrado con cera roja, el color del dinero. Era simple. Demasiado simple. Una niña de unos siete años vive sola en la última casa de la calle de la montaña. No tiene familia. Nadie la va a buscar. Que no amanezca.

—¿Por qué? —había preguntado Vidar.

La Vieja lo había mirado con algo parecido a la lástima.

—No preguntamos por qué. Pero te lo diré, porque es tu primera vez y quiero que entiendas qué clase de mundo es este. —Bajó la voz—. Hace una semana, unos mineros de la capa veinte vieron subir a una mujer desde lo hondo, desde donde nadie vuelve, con una niña dormida en brazos. La niña llevaba un camisón blanco que tenía cien años de moda. A la mañana siguiente, la mujer volvió a bajar a la mina. Sola. La niña se quedó en una casa al pie de la montaña, y no tiene ni un rasguño. —La Vieja golpeó la mesa con un dedo—. El Gremio vive de los cristales de esa montaña, muchacho. Y hay cosas sobre esos cristales que el Gremio prefiere que nadie pregunte. Una niña que sube viva de lo hondo es una pregunta. Las preguntas son malas para el negocio.

✦

La casa no tenía cerrojo. Vidar entró por la puerta.

Adentro hacía calor, aunque la chimenea estaba apagada. Todo estaba limpio y ordenado de esa manera en que ordenan las cosas los adultos que no van a volver: los platos lavados y apilados, una manta doblada sobre la silla, una lista de compras pegada en la alacena. Harina. Miel. Velas. Algo dulce para H. Sobre la mesa colgaba un farol de cristal azul que no tenía mecha ni aceite y que, sin embargo, brillaba.

Vidar recordaría siempre esa luz. No iluminaba como un farol. Miraba.

La niña dormía en la cama del fondo, hecha un ovillo, con el pelo rosa desparramado sobre la almohada y un pie descalzo fuera de las mantas. Vidar se acercó sin hacer ruido. Sacó la hoja. Había practicado ese movimiento mil veces sobre muñecos de paja. Era fácil. Era lo más fácil del mundo.

Entonces la niña tarareó.

Dormida, sin abrir los ojos, empezó a tararear una melodía. Lenta, triste, sin palabras. Una canción de cuna. Y cuando llegó al final, a la última nota, se equivocó. Subió cuando tenía que bajar. Y sonrió en sueños, como si alguien, muy lejos, se hubiera reído con ella.

Vidar se quedó inmóvil con la hoja en la mano durante el tiempo que tarda en consumirse una vela.

Él también conocía esa canción. No sabía de dónde. Era huérfano; los Sin Ruido lo habían recogido a los cuatro años de la puerta de un convento y no le habían dejado conservar nada, ni un nombre ni un recuerdo. Pero esa canción la conocía. Alguien se la había cantado alguna vez, antes de todo, antes de la Vieja y de los muñecos de paja. Alguien que lo había querido.

Guardó la hoja.

Al salir, se detuvo bajo el farol azul. La luz parpadeó, una sola vez, como un ojo que se cierra despacio. Vidar tuvo la certeza absurda, imposible, de que alguien al otro lado le estaba dando las gracias.

✦

Le dijo al Gremio que la niña no existía. Que era un rumor de mineros borrachos. Que la casa estaba vacía. Devolvió el dinero de su bolsillo, con intereses, y aceptó el castigo de la Vieja sin una palabra: tres semanas en la celda de piedra, sin luz.

Cuando salió, la Vieja le preguntó una sola cosa:

—¿Volverás a fallar?

—Nunca —dijo Vidar.

Y no volvió a fallar. Nunca. Durante diez años fue la hoja finalizadora, el mejor de los Sin Ruido, el que nunca dudaba. Se volvió tan bueno en no dudar que a veces olvidaba que alguna vez había dudado.

Pero cada invierno, cuando nevaba, pasaba por la calle de la montaña. Se quedaba un rato en la esquina, en la sombra, mirando la casa del farol azul. Vio a la niña crecer. La vio aprender a lavar cristales, a contar monedas, a mirar la mina desde la ventana cada noche. Nunca se acercó. Nunca dejó que lo viera.

✦

Hace unas semanas, un contrato llegó a la casa de los Sin Ruido. No traía lacre rojo. Traía cera negra, y en la cera, un sello que la Vieja no había visto en toda su vida, aunque lo conocía de los libros más viejos del gremio. Un sol negro.

El sello de los reyes de abajo.

Dentro había dos encargos y una carta cerrada. El primero era entregar la carta. Esta noche, bajo la puerta del farol azul. Sin que te vea. El segundo era el que Hana leería después, junto a un río de lava. Que no pase de la capa cien. Por cualquier medio.

Y al final, en una línea aparte, una frase escrita con la misma letra elegante y escrita solo para él:

«Elijo al que ya falló una vez. Sé que sabrás cuándo volver a hacerlo.»

Vidar quemó esa frase. Cumplió el primer encargo esa misma noche, en silencio, como una sombra más en la calle de la montaña. Y después se quedó en la esquina, bajo la nieve, viendo cómo la muchacha del farol azul descolgaba el pico de la pared y salía de su casa hacia la mina.

No la detuvo. La siguió.

Semanas después, en la capa sesenta, mientras ella dormía junto al fuego, un cristal de la pared se encendió frente a él. De adentro salió una voz de mujer, cansada y muy lejana, que le repitió el encargo y le ofreció el doble. Alguien, desde el fondo de la montaña, estaba nervioso. Al día siguiente, Vidar se sentó en una roca junto al cadáver de un dragón y aplaudió.

Todavía no sabía qué iba a hacer cuando llegara la capa cien. Lo único que sabía, con la misma certeza absurda de aquella noche, era que la canción que ella tarareaba dormida era la misma que alguien le había cantado a él. Y que pensaba averiguar quién.

PARTE II

Lo que la montaña esconde

Bosque Cristalino · Ruinas Solares · Ciudad Perdida
CAPÍTULO VI

La heredera

Bosque Cristalino · Capas 110 – 130

Más allá de la capa cien, la mina cambiaba.

No era solo más profunda. Era distinta, como si al cruzar el derrumbe hubieran pasado de una casa a otra. El Bosque Cristalino era hermoso y extraño: árboles de cuarzo con troncos transparentes, ramas finas como agujas de vidrio, raíces que brillaban bajo los pies con una luz verde que no venía de ningún lado. Cuando soplaba una corriente de aire, las hojas de cristal chocaban entre sí y el bosque entero sonaba como mil campanillas.

—Odio este lugar —dijo Freya el primer día—. Es precioso. Lo odio.

—¿Por qué?

—Porque las cosas preciosas allá abajo siempre quieren matarte.

Tuvo razón dos veces esa semana. Una con unas arañas de cristal del tamaño de un perro, que se escondían entre las ramas y caían sin hacer ruido; otra con el Guardián de la Raíz, un árbol viejo y retorcido que despertó cuando Tyr apoyó el hacha en su tronco y que tardaron un día entero en derribar. Hana lo partió al final con un solo golpe en el centro de los anillos, siempre en el mismo punto, y del tronco cayó una lluvia de semillas de luz que se quedaron flotando en el aire durante horas.

Aria, por su parte, cumplía su palabra con una eficiencia escalofriante. Conocía cada túnel. Sabía dónde estaban las vetas de oro rúnico más ricas, qué cristales valían una fortuna y cuáles eran basura brillante, qué puentes aguantaban y qué agua se podía beber. En tres días, el grupo sacó más oro que en todo el viaje anterior. Y Aria lo contaba todo. Cada moneda, cada fragmento, cada gema. Lo anotaba en una libretita con tapas de cuero que había sacado de algún bolsillo secreto del vestido.

—Tu diez por ciento es de veintitrés monedas con cuarenta —le informó a Tyr una noche—. Ah, no. Perdón. Ese es mi diez por ciento. Tu parte es la de abajo.

—La de abajo dice cero.

—Exacto. Se te descontaron las comidas.

—Yo cacé esas comidas.

—Con mi cuchillo, cariño.

Tyr la miró largo rato y después le dijo a Hana, muy serio, que la próxima vez que rescataran a alguien de un cristal preguntaran primero cuánto cobraba. Pero Hana notó que, cuando creía que nadie la miraba, Aria dejaba monedas en la bolsa de Freya. Y que una vez le remendó a Tyr la piel de lobo mientras él dormía, con unas puntadas tan finas que él nunca se dio cuenta.

✦

Una noche, junto al fuego, Aria habló sin mirar a nadie.

Estaba contando otra vez. Lo hacía siempre cuando no había nada que hacer: un murmullo bajo, constante, como el de una fuente. Pero esa noche se interrumpió en mitad de un número, se quedó mirando las llamas y dijo, con una voz distinta, más lenta:

—Cuando estaba atrapada en el cristal, escuchaba una voz.

Todos la miraron.

—No sé cuánto tiempo estuve ahí. Mucho. Al principio gritaba. Después dejé de gritar, porque nadie me oía y gritar dentro de un cristal es… —se rio sin ganas— poco elegante. Entonces empecé a contar. Contaba los latidos de la montaña. Uno, dos. Uno, dos. Si contaba, no me volvía loca. —Movió los dedos en el aire, como si siguiera contando—. Y a veces, muy de vez en cuando, una voz me hablaba. Venía de abajo. Siempre decía lo mismo. Me pedía que esperara. Que aguantara. Que no me rindiera. Que esperara a «la heredera».

—¿Heredera de qué? —preguntó Hana.

Aria levantó la vista. La miró a los ojos, y había algo en su mirada que Hana no le había visto antes: algo muy viejo y muy cansado.

—De todo esto.

Nadie dijo nada durante un rato largo. Las hojas de cristal tintineaban en la oscuridad.

—¿Cómo era la voz? —preguntó Vidar desde las sombras. Era la primera vez en tres días que hablaba.

Aria tardó en contestar.

—Amable —dijo al fin—. Era la voz más amable que he oído nunca. Como la de un abuelo. Prometía que todo lo que se pierde, del otro lado se encuentra.

Freya, que estaba afilando una flecha de su hermano, se detuvo.

✦

Diez capas más abajo, Aria apartó a Hana del grupo.

Lo hizo con una excusa tonta —«ven, quiero enseñarte una veta que te va a hacer llorar de lo bonita»—, y la llevó por un túnel lateral hasta una cueva pequeña, donde las raíces de cristal bajaban del techo como cortinas. Allí se detuvo, de espaldas, y cuando se dio vuelta ya no sonreía.

—Hana… tengo que decirte algo. Y no te va a gustar.

—¿Qué pasa?

—La mujer que me selló en ese cristal… —Aria tragó saliva—. Tenía tus ojos.

Hana se rio. Una risa nerviosa, rota.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

—No. No lo sabes. —Hana dio un paso atrás—. Me dijiste que no sabías cuánto tiempo estuviste ahí. Ese retrato de Casa Aria tiene más de cien años, Aria. Los cristaleros lo dicen. Si eres tú…

—Hana.

—…si eres tú, entonces estuviste cien años ahí dentro, y la mujer que te selló…

—Hana. —Aria le tomó las manos. Las suyas estaban frías, de una manera que no era normal, como si todavía tuvieran un poco de cristal adentro—. No te voy a mentir sobre esto. No sobre esto. Era alta. Tenía el pelo recogido con prisa. Llevaba un pico al hombro. Y me miró con tus ojos mientras lo hacía, y lloraba.

Hana no pudo contestar. Aria no dijo nada más. Solo le apretó la mano, fuerte, durante mucho tiempo, hasta que el temblor de las manos de Hana paró.

Cuando volvieron con los demás, nadie preguntó nada. Pero esa noche Hana vio a Aria sentada sola, lejos del fuego, con la libretita de cuero abierta sobre las rodillas. No estaba anotando monedas. Estaba mirando una página con un dibujo a lápiz, muy gastado: una niña pequeña de rizos claros, sonriendo. Debajo había un nombre que Hana no alcanzó a leer.

✦

En la capa ciento treinta encontraron el altar.

Estaba en el corazón del bosque, en un claro circular donde los árboles de cuarzo se inclinaban hacia el centro como si se arrodillaran. Era una piedra plana, blanca, tallada con símbolos que ninguno de ellos conocía, salvo uno, grabado en el centro: un sol negro.

Sobre la piedra había dos huellas de manos. Una grande y una pequeña. Una al lado de la otra, como una madre y una hija que apoyan la palma en una ventana.

—Yo no lo toco —dijo Freya—. Que conste. Llevo diciéndolo todo el viaje y nadie me hace caso, pero que conste.

Hana se acercó. No pensó. Era como en la capa noventa, como con el cristal de Aria: las cosas en esa mina le salían solas, como si el cuerpo supiera algo que la cabeza todavía no. Puso su mano sobre la huella pequeña.

Era demasiado pequeña. Era la mano de una niña.

Y sin embargo, encajó a la perfección. No porque la mano de Hana se hiciera pequeña, sino porque la piedra se ablandó debajo de su palma, tibia como la arcilla, y se acomodó a ella, como se acomoda una almohada que conoce la forma de una cabeza.

El altar se iluminó.

La luz subió por los árboles de cuarzo, rama por rama, hasta que el bosque entero brilló como un candelabro. Y una canción llenó el claro. No el canto de la montaña, grave y sin palabras. Una canción de cuna. Suave, antigua, cantada por una voz de mujer que sonaba muy cerca, como si estuviera inclinada sobre una cama.

Hana la conocía. La había tarareado toda su vida, lavando cristales, mirando la mina desde la ventana, sin saber de dónde la había sacado. Pero ahora, por primera vez, la escuchaba con letra:

Duerme, mi luz, que la montaña vela,

duerme, que el sol se esconde para ti.

Si un día despiertas y yo no estoy cerca,

busca en la piedra: yo sigo aquí.

Y al final, en la última nota, la voz subió cuando tenía que bajar. Igual que la de Hana. Igual que siempre.

—Yo… —dijo Hana, y se le llenaron los ojos de lágrimas—. Conozco esa canción.

Detrás de ella, nadie dijo nada. Pero cuando Hana se dio vuelta, vio que no era la única que lloraba. Tyr tenía los ojos rojos y fingía que era por el humo. Freya le había agarrado la manga a Aria. Y Vidar, que nunca mostraba nada, estaba muy pálido, con una mano sobre el pecho, como si alguien acabara de sacarle de adentro algo que llevaba toda la vida guardado.

—Me la cantaban —dijo, tan bajo que solo Hana lo oyó—. Alguien me la cantaba.

CAPÍTULO VII

El mural

Ruinas Solares · Capas 140 – 150

Las Ruinas Solares no eran una cueva. Eran una ciudad.

O lo que quedaba de una: columnas doradas, arcos rotos, escalinatas que no llevaban a ninguna parte, todo hecho de una piedra amarilla que brillaba por dentro como si hubiera guardado la luz de un sol que nunca vio. Las paredes estaban cubiertas de relieves, tallados en piedra dorada por manos que llevaban siglos muertas.

—Esto no lo hizo Lumen —dijo Aria, pasando los dedos por una columna—. Es mucho más viejo. Mil años, por lo menos. Más.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Freya.

—Porque yo… —Aria se detuvo—. Porque lo leí. En los archivos de Casa Aria. Mi tatarabuela coleccionaba cosas raras.

Hana no dijo nada. Ya había dejado de preguntar por la tatarabuela.

✦

Las paredes contaban una historia. Tardaron un día entero en recorrerla, de relieve en relieve, mientras el Centinela del Sol —una armadura vacía, enorme, con una lanza de luz— los perseguía por las escalinatas. Lo derrotaron en la capa ciento cuarenta y cinco, cuando Vidar le encontró una grieta en la nuca y Hana le metió el pico en el mismo punto. Después volvieron al mural.

Al principio había un hombre. Un rey, con corona, cavando con un pico. Cavaba hacia abajo, muy abajo, con una paciencia infinita, mientras sobre su cabeza el sol brillaba cada vez más lejos. En el siguiente relieve, el rey llegaba a una puerta. Una puerta enorme, redonda, en el fondo de todo. Y la abría.

En el siguiente, el sol del cielo se volvía negro.

—El sol visto desde abajo —murmuró Vidar—. Así lo llamaba la Vieja. El sello de los reyes. El sol que ve el que cava.

Después el rey desaparecía, y la puerta se cerraba, y la montaña crecía sobre ella para taparla. Y los relieves seguían: generaciones de reyes y reinas, todos con el mismo sol negro en el pecho, todos montando guardia junto a la montaña.

Y al final, el último mural.

Era más nuevo que los otros. Se notaba en la piedra, más clara, y en las líneas, más apuradas, como si lo hubieran tallado de prisa. Mostraba a una reina, bajo un sol negro, de rodillas. Frente a ella había una niña. La reina le sostenía las manos. Y detrás de la niña, la montaña abría la boca, enorme, como quien bosteza.

Una reina, bajo un sol negro, entregaba a su hija a la montaña… a cambio de que la montaña siguiera dormida.

La niña del mural llevaba un pico en la mano.

Y un colgante.

✦

Hana se quedó mucho tiempo frente al mural. Tanto, que los demás acamparon allí mismo, al pie de la pared, y encendieron un fuego, y comieron, y ella seguía de pie. Freya le llevó un plato. Hana no lo tocó. Tyr le puso la piel de lobo sobre los hombros. Ella no tenía frío, pero no se la quitó.

Fue Aria quien se acercó al final. Se paró a su lado, en silencio, mirando la piedra.

—Tu madre no te abandonó, Hana —dijo en voz baja—. Te escondió.

—¿De qué?

Aria no contestó enseguida. Estiró la mano y tocó la cara de la reina tallada en la piedra. La tocó con cuidado, con ternura, como se toca la cara de alguien conocido.

—De lo que hay detrás de la puerta —dijo—. O de ella misma. O de mí. —Se rio, bajito—. No me hagas caso. Estoy cansada.

Hana la miró. Aria tenía los ojos fijos en la reina, y había en ellos algo que Hana no supo nombrar. Rabia, quizás. O amor. O las dos cosas, tan mezcladas que ya no se podían separar.

Esa noche, por fin, el medallón de plata se abrió.

Hana estaba sola, con la espalda contra el mural, dándole vueltas entre los dedos como hacía cada noche. Y de pronto, sin ruido, sin que ella hiciera nada, la plata se separó en dos mitades, como una flor que se abre.

Adentro no había retrato. Había una inscripción, grabada con letra pequeña y elegante, la misma letra del contrato de Vidar, la misma de la carta:

«Para que me recuerdes cuando yo no pueda recordarte.»

Y debajo, muy pequeño, un sol negro.

✦

Más abajo, en las últimas capas de las ruinas, cada cristal que rompían soltaba un suspiro.

Al principio no lo notaron. Era un sonido muy suave, como el aire que sale de una botella al destaparla. Pero después de un rato fue imposible no oírlo. Cada vez que el pico de Hana partía un cristal, la piedra exhalaba. Un suspiro largo, suave, casi aliviado. Como alguien que se quita un peso de encima. Como alguien que por fin, después de mucho tiempo, puede descansar.

—¿Los estamos liberando…? —preguntó Hana, con el pico en el aire.

Freya se había quedado muy quieta, con la mano en la bolsa donde guardaba el cristal de la veta de plata.

Una voz respondió desde la oscuridad, y no era la de ninguno de ellos. Era una voz amable, cálida, muy antigua, la voz de un abuelo junto a una chimenea. Venía de todas partes y de ninguna:

—O estás despertando a quien los tenía atrapados.

Todos se quedaron inmóviles. Tyr levantó el hacha. Vidar desenvainó. Freya tensó el arco hacia la nada.

Solo Aria no se movió. Aria cerró los ojos, y por un instante, apenas un instante, Hana creyó verla sonreír.

CAPÍTULO VIII

La última vez

El Abismo · Capas 155 – 165

En El Abismo, los susurros nunca se callaban.

Era un mundo sin luz. Ni cristales, ni lava, ni hongos. Solo una oscuridad espesa, casi sólida, donde las antorchas alumbraban medio paso y después se rendían. Y los susurros: miles de voces muy bajas, que hablaban todas a la vez sin decir nada, como una multitud al otro lado de una pared muy gruesa.

Nadie dormía bien en El Abismo. Freya dejó de hablar el primer día, porque su voz se perdía entre las otras y le daba miedo no encontrarla. Tyr caminaba con la mano en el hacha a todas horas. Aria contaba en voz alta, cada vez más rápido. Vidar no se separaba de Hana ni un paso. Y allí, en la oscuridad, los esperaba El Devorador: una sombra hecha de bocas que no tenía cuerpo, que no se podía golpear, y que solo se rindió cuando Hana, desesperada, dejó de golpear y se puso a tararear la canción de cuna. La sombra se detuvo. Escuchó. Y se deshizo como humo.

Nadie supo explicar por qué. Hana tampoco. Pero desde ese momento, en El Abismo, todos tararearon.

✦

Hasta que, de golpe, los susurros se callaron.

En su lugar se oyó otra cosa. Alguien estaba cantando. Una sola voz, de mujer, clara y fuerte, que avanzaba por la oscuridad como una vela. Cantaba la canción de cuna. La de Hana. La del altar.

Y desafinaba un poquito al final.

—¡AHÍ ESTÁN! ¿Tienen idea de la hora que es?

Una luz blanca se encendió frente a ellos. Detrás de la luz había una mujer: túnica blanca, cofia de monja, un báculo de madera con una piedra luminosa en la punta y un almanaque gordísimo bajo el brazo, con las tapas sujetas con cordel. Tenía cara redonda, mejillas rojas y los brazos en jarra, y los miraba como una maestra mira a unos niños que llegan tarde a clase.

—Bajar hasta El Abismo sin abrigo. Sin comer. Con esas ojeras.

—Estamos bien, gracias —intentó Hana.

—Eso dicen todos. Y después los encuentro abrazados a una piedra, llamando a su mamá. —La mujer chasqueó la lengua y se acercó a Tyr, que le sacaba dos cabezas, y le levantó el párpado con el pulgar—. Tú. Anemia. Come carne roja. —A Freya—: Tú no duermes. Se te nota en la piel. —A Vidar, que retrocedió un paso por primera vez en su vida—: Tú tampoco, y además estás demasiado flaco y demasiado serio. —A Aria la miró un segundo más largo que a los otros, y algo pasó por su cara muy rápido, demasiado rápido para leerlo—. Y tú… tú tienes las manos frías, mujer. Siéntate cerca del fuego.

Y por último a Hana.

A Hana no le dijo nada. Se quedó mirándola. La luz del báculo temblaba un poco. La mujer tenía los ojos muy abiertos, y por un momento pareció que iba a llorar, o a reírse, o a abrazarla. Pero no hizo ninguna de las tres cosas. Respiró hondo, se acomodó la cofia y dijo, con la voz un poquito más ronca:

—La hermana Frigg, mi niña. Llevo años cuidando a los que se pierden aquí abajo.

Mi niña. Hana lo notó. No supo por qué, pero lo notó.

✦

Frigg tenía un campamento en una capilla excavada en la roca, en la capa ciento cincuenta y siete, con un altar pequeño, un fuego que nunca se apagaba y estanterías llenas de mantas, vendas, frascos de hierbas y pan. Mucho pan. Parecía que su única misión en la vida era que nadie, nunca, pasara hambre en El Abismo.

—Coman —ordenó—. Y después hablamos. Y después duermen. Y después, si se portan bien, les dejo seguir bajando. O no.

Hana comió. Mientras lo hacía, miró las paredes de la capilla. Estaban cubiertas de nombres. Escritos con carbón, con tiza, tallados con cuchillo. Miles.

—Son los que encontré —explicó Frigg, sin mirar—. Los que se perdieron aquí abajo. Los guié hacia arriba, uno por uno, cantando. El Abismo no deja salir a nadie que no cante. —Tocó el almanaque—. Aquí los tengo a todos. Cada día. Cada nombre.

—¿Cuántos días? —preguntó Freya.

Frigg abrió el almanaque. Las páginas estaban llenas de pequeñas rayas, cinco por cinco, en filas apretadas. Cientos de páginas. Miles de rayas.

—Treinta y seis mil cuatrocientos noventa y ocho —dijo—. Mañana, treinta y seis mil cuatrocientos noventa y nueve.

Nadie hizo la cuenta en voz alta. No hacía falta. Hana la hizo en silencio y sintió que el estómago se le caía hasta los pies.

Casi cien años.

—Hermana —dijo Tyr, despacio—, usted no parece tener más de cuarenta.

—Gracias, hijo. Es la dieta. —Frigg cerró el almanaque—. El Abismo no deja envejecer a quien le canta. Es lo único bueno que tiene. Mientras yo cante, el tiempo me espera.

✦

Esa noche, cuando los demás dormían, Hana se sentó junto a Frigg en el altar.

—Usted conoce la canción —le dijo—. La de cuna.

—Todo el mundo en mi orden la conoce, mi niña. Es nuestra canción. La cantamos a los perdidos, a los enfermos, a los huérfanos. —Frigg removió el fuego—. En los conventos del valle todavía la cantan a los niños que dejan en la puerta.

Al otro lado del fuego, Vidar, que todos creían dormido, abrió los ojos. No dijo nada. Pero Hana vio cómo le temblaban los dedos.

—¿Por qué desafina al final? —preguntó Hana.

Frigg se quedó quieta. Después se rio, bajito, con una ternura que dolía.

—Porque no es así como termina. La última nota baja. Siempre bajó. Pero una persona que yo quería mucho la cambiaba. La subía, en vez de bajarla. Decía que una canción de cuna no puede terminar hacia abajo, porque entonces el niño se duerme triste. —Se secó los ojos con la manga—. Y yo nunca aprendí a cantarla bien después de eso. Ni a su manera ni a la mía. Me quedé a mitad de camino.

—¿Quién era?

Frigg la miró. Le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja, como se hace con los niños.

—Mañana, mi niña. Mañana te lo cuento todo. Hoy duerme.

✦

A la mañana siguiente, Frigg los esperaba con las mantas dobladas, el báculo en la mano y una mochila enorme a la espalda.

—Lo que despertaron allá arriba… —dijo, y de pronto apretó el almanaque contra el pecho y su voz cambió—. Yo ya lo vi una vez. Hace mucho tiempo. Esa vez no pude salvar a nadie. —Respiró hondo—. Esta vez no voy a fallar. Así que se acabó la discusión: voy con ustedes.

—No ha habido ninguna discusión —dijo Freya.

—Y no la va a haber. —Una pausa—. …Y abríguense bien.

✦

En la capa ciento sesenta, Frigg contó su historia.

Se habían detenido en una cornisa sobre un pozo sin fondo, el último tramo de El Abismo antes de la Ciudad. Desde abajo llegaba un viento caliente que olía a piedra y a flores secas. Frigg se sentó en el borde, con las piernas colgando sobre el vacío, como una niña en un muelle.

—Yo era novicia en la capilla de Lumen de Abajo. Tenía diecinueve años. Mi única tarea era mantener encendidas las velas. —Sonrió—. No era muy buena. Se me apagaban todo el tiempo. Pero tenía buena voz. Por eso la reina me eligió para cantarle a su hija.

Hana dejó de respirar.

—La reina tenía una niña de siete años con el pelo color de flores de cerezo y una risa que se oía desde la otra punta del palacio. Era terca, valiente y no tenía ni una gota de sentido común. Se escapaba a la mina a picar cristales con un pico de juguete que su madre le había mandado hacer, idéntico al suyo, con una muesca en la cabeza. —Frigg tragó saliva—. Yo era su madrina. Le cantaba cada noche. La canción de cuna. Y su madre se asomaba a la puerta y cantaba la última nota hacia arriba, y la niña se reía.

—Frigg…

—Déjame terminar, mi niña. Llevo cien años esperando para contarlo. —Le tembló la voz—. La última vez que el Abismo despertó, una mujer bajó sola a dormirlo otra vez. Con su hija de la mano. Me pidió que viniera aquí y que cantara. Que no dejara de cantar pase lo que pase. Y lo hice. Le canté hasta que su voz se perdió entre los cristales. Le canté cien años. —Se secó los ojos—. Se llamaba Lyra. Nunca supe si lo logró… o si el Abismo se la quedó.

Hana no podía hablar. Freya le había agarrado una mano y Tyr la otra. Vidar estaba de pie detrás de ella, tan cerca que Hana sentía su respiración en la nuca. Aria, en cambio, se había alejado. Estaba al borde del pozo, de espaldas a todos, mirando hacia abajo.

—¿Y la niña? —preguntó Hana, con un hilo de voz—. ¿Cómo se llamaba la niña?

Frigg la miró. Abrió la boca para contestar.

Desde abajo, el canto se convirtió en un grito.

Fue un sonido inmenso, desgarrador, que subió por el pozo como una ola y los tiró a todos contra la pared. Las rocas temblaron. El viento caliente se volvió un huracán. Y en medio del grito, tan alto que sonó por encima de todo, había una palabra.

No era el nombre de Hana.

Era «¡Aria!».

Cuando el temblor paró, todos se dieron vuelta a mirarla. Aria seguía al borde del pozo, despeinada, cubierta de polvo, con la libretita de cuero apretada contra el pecho. Se dio vuelta despacio. Sonreía, pero tenía la cara mojada de lágrimas.

—Qué raro —dijo—. Creo que alguien me extraña.

CAPÍTULO IX

La ciudad

Ciudad Perdida · Capas 170 – 190

Bajo la montaña había una ciudad entera.

La vieron desde lo alto de la última escalera de El Abismo, un amanecer que no era amanecer, cuando la oscuridad se abrió de golpe y apareció abajo, en un valle de piedra, iluminada por una luz rosada que venía de todas partes. Calles. Casas de tejados puntiagudos. Plazas con fuentes secas. Un puente de piedra sobre un río que ya no corría. Una torre con un reloj detenido. Y en lo más alto, sobre una colina, un palacio con cúpulas de cristal.

Y gente.

Miles de personas, en las calles, en las plazas, en las ventanas. Inmóviles. Convertidas en cristal en mitad de un paso, de una risa, de un abrazo.

Bajaron en silencio. Nadie se animó a hablar. Las calles de la Ciudad Perdida estaban intactas, como si la vida se hubiera detenido en un segundo: un panadero de cristal con una bandeja de panes de cristal; dos niños de cristal persiguiendo un perro de cristal; una pareja de ancianos de cristal sentados en un banco, tomados de la mano, mirando hacia arriba. Todos mirando hacia arriba. Todos con la misma expresión. No era miedo. Era sorpresa. La de alguien que oye una canción hermosa y levanta la cabeza para ver de dónde viene.

Era el pueblo que la montaña se había tragado hacía cien años.

✦

Tyr se quitó la piel de lobo de la cabeza y caminó con ella en la mano, como se camina en un templo. Freya se tapó la boca con las dos manos. Aria iba adelante, muy rápido, por calles que parecía conocer de memoria, sin mirar a los lados.

Vidar se detuvo frente a un puesto del mercado. Había un hombre de cristal detrás de un mostrador de cristal, y sobre el mostrador, cristales. Cristales pequeños, azules, brillantes. Igual a los que se vendían en Nueva Lumen. Igual a los que Hana había lavado durante diez años en el patio de Casa Aria.

Vidar tomó uno y lo levantó a la luz. Adentro, si se miraba bien, se veía algo. Una forma. La silueta diminuta de una mano.

—Los cristales que vendemos allá arriba… —dijo, y por primera vez su voz tembló—. …son ellos.

Nadie dijo nada durante un largo rato.

Hana pensó en sus manos. En los diez años de frotar cristales con agua tibia y un paño de lino, hasta que brillaban. En cómo se entibiaban entre sus dedos. En cómo, a veces, juraba que latían. Pensó en los mercaderes de tres reinos que pagaban fortunas por ellos. En los collares de las damas, en las coronas de los reyes, en los anillos de compromiso.

Tuvo que sentarse en el suelo. Freya se sentó con ella.

✦

Fue Freya quien se derrumbó primero.

Lo hizo en silencio, sin aviso. Estaba sentada junto a Hana, en el borde de una fuente seca, y de pronto metió la mano en su bolsa y sacó el cristal de la veta de plata. Lo miró. Lo levantó a la luz rosada de la ciudad, como había hecho Vidar.

Adentro no había ninguna silueta. Ninguna mano. Solo una veta de plata, cristal y luz.

—No es él —dijo Freya.

Hana no supo si lo decía con alivio o con desesperación. Creyó que Freya tampoco lo sabía.

—Cuatro años —dijo Freya, y se le quebró la voz—. Cuatro años pagando a los compradores de Casa Aria. Cuatro años guardando cristales con vetas de plata debajo de la cama, en una caja, porque pensaba que… —Se rio, y la risa se le rompió en un sollozo—. Pensaba que si los juntaba todos, si los juntaba todos, en algún momento él… él…

Se le cayó el cristal de las manos. Rodó por el suelo. Freya lo miró rodar y después se echó a llorar con la cara entre las rodillas, como lloran los niños, a gritos, sin vergüenza. Era la primera vez que Hana la veía llorar. Fue la primera vez que el silencio de la ciudad se rompió.

Tyr se arrodilló a su lado y la abrazó, entera, envolviéndola con los brazos y con la piel de lobo, como un oso envuelve a un cachorro. No dijo nada. Solo la sostuvo.

—Él no está aquí —dijo Freya contra su pecho—. Hana, él no está aquí. Esta gente lleva cien años aquí. Ivar se perdió hace cuatro. Si no está aquí… ¿dónde está?

Fue Aria quien contestó, desde lejos, sin darse vuelta:

—La montaña sigue tomando, querida. No solo tomó una vez.

Todos la miraron.

—Lo que tomó la Noche del Canto está aquí. Lo que ha tomado después… —Aria señaló hacia abajo, hacia donde latía la luz rosada— está más cerca de la puerta.

✦

En el centro de la ciudad, en lo alto de la colina, estaba el palacio.

Subieron por una escalinata larga, flanqueada por soldados de cristal con lanzas de cristal y un sol negro grabado en el pecho de la armadura. Las puertas del palacio estaban abiertas. Adentro, todo era cristal: los suelos, las columnas, las lámparas, los tapices. La luz rosada se filtraba por las cúpulas y lo teñía todo de un color de flores de cerezo.

Aria los guio sin dudar por los pasillos. Conocía cada puerta. Cada escalera. Se detuvo una sola vez, frente a una habitación pequeña con la puerta entornada, y se quedó mirando adentro, inmóvil. Hana se asomó por encima de su hombro.

Era un cuarto de niña. Una cama pequeña, una muñeca de trapo, un pico de juguete apoyado contra la pared. En el suelo, una niña de cristal de unos cinco años, de rizos claros, sentada con las piernas cruzadas, mirando hacia arriba con la boca abierta en un oh de sorpresa.

Era la niña del dibujo de la libretita de Aria.

—Elin —dijo Aria, muy bajito—. Mi hermanita. Le gustaba jugar en el cuarto de la princesa, aunque no la dejaban. —Se rio sin ganas—. Siempre se escapaba hasta aquí.

Aria entró al cuarto. Se arrodilló frente a la niña de cristal. Le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—Ya falta poco, Elin —le dijo—. Ya falta poco.

Después se levantó, se secó la cara con la manga del vestido, se arregló el pelo y salió del cuarto como si no hubiera pasado nada.

—Vamos, socios. El salón del trono es por aquí.

Hana no se movió. Se quedó mirando el cuarto. La cama pequeña. La muñeca. El pico de juguete apoyado contra la pared, con una muesca en la cabeza de hierro.

El cuarto de la princesa.

✦

En el centro del palacio había un trono de cristal negro.

Era lo único oscuro en toda la ciudad. Una silla alta, tallada de una sola pieza, que parecía absorber la luz rosada en lugar de reflejarla. Estaba vacío. Pero cuando Hana lo tocó, estaba tibio. Tibio como las tazas del campamento. Como el colgante. Como todo lo que tocaba alguien que acababa de irse.

En el respaldo brillaba un sol negro, y debajo, un nombre grabado en letras doradas:

«Lyra, la última reina».

Hana leyó el nombre tres veces, como había leído la carta. Las letras no cambiaron.

—Mamá… —dijo—. ¿Eras una reina?

Nadie le contestó. No hacía falta. Frigg había cerrado los ojos y movía los labios en una oración sin sonido. Vidar se había apoyado en una columna, muy pálido. Tyr y Freya la miraban como si la vieran por primera vez. Y Aria estaba de pie junto al trono, con una mano en el respaldo, acariciando el sol negro con el pulgar, despacio, una y otra vez.

—Era la mejor reina que tuvo Lumen —dijo Aria—. Y la más terca. Y la más injusta. —Apartó la mano—. Y era mi mejor amiga.

Esta vez, Hana no preguntó por la tatarabuela.

✦

En la capa ciento noventa, los latidos ya no venían de abajo.

Venían de todas partes: de las paredes, del suelo, del aire mismo. Y del propio pecho de Hana, que golpeaba tan fuerte contra el colgante que le dolía. Uno… dos… uno… dos… El ritmo de la montaña y el ritmo de su corazón eran ya el mismo, sin ninguna diferencia, como dos relojes que alguien hubiera sincronizado hacía mucho tiempo.

Los cristales de la ciudad también latían. Todos. Los miles de personas inmóviles en las calles, a la vez. Y en la última plaza, antes de la bajada final, apareció El Último Constructor: un gigante hecho de casas, de puentes, de tejados, que se levantó del suelo de la ciudad como si la ciudad misma se hubiera puesto de pie para impedirles el paso. Lo derrotaron al final de un día largo y terrible, y cuando cayó, sus piedras volvieron a acomodarse en las calles como si nunca se hubieran movido.

—Si el Núcleo despierta —advirtió Frigg, apoyada en el báculo, sin aliento—, la montaña entera despertará con él.

—¿Y qué pasa si despierta? —preguntó Tyr.

Frigg miró a Aria. Aria no miró a nadie.

—Nadie lo sabe —dijo Frigg—. La única que lo sabía bajó hace cien años y no volvió.

Hana se ajustó el colgante de plata. Lo apretó con la mano hasta que le dolieron los dedos. Pensó en la niña de cristal de la capa noventa, con su cara y su diente caído. En el cuarto de la princesa. En el pico de juguete. En la letra de la lista, redonda y conocida, que se parecía tanto a la suya.

—Diez capas más —dijo—. Esta vez no voy a llegar tarde.

INTERLUDIO II

Cien años

El Núcleo · Desde la Noche del Canto

Lyra contó los primeros días. Después dejó de contarlos, porque contar era cosa de Aria.

El primer año fue el peor. Cantaba sin parar, de rodillas frente al corazón de cristal, con la garganta en carne viva, mientras dentro del corazón su hija dormía con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho, sobre el colgante de plata. A veces la niña sonreía en sueños. A veces fruncía el ceño. Una vez, al tercer mes, dijo mamá en voz alta, muy clara, y Lyra tuvo que morderse la mano hasta sangrar para no dejar de cantar.

Si dejaba de cantar, la montaña despertaba. Si la montaña despertaba, la puerta se abría. Si la puerta se abría, lo que había del otro lado subía. Así de simple. Así de imposible.

El segundo año aprendió a cantar dormida.

El décimo, a cantar sin voz, solo con el aliento, porque la montaña no necesitaba oír la canción: necesitaba sentirla. El vigésimo, la piel se le empezó a poner dura y brillante, como el cuarzo, primero en las manos, después en los brazos. No le dolía. Era como volverse parte de la piedra. Era, pensaba Lyra, lo que la montaña hacía con todo lo que amaba: guardarlo.

Al trigésimo año descubrió que podía ver.

Fue por casualidad. Estaba mirando un cristal de la pared del Núcleo, un cristal pequeño, rosado, y de pronto el cristal le mostró otra cosa. Una calle de la superficie. Gente caminando bajo la nieve. Un mercado. Una mujer vendiendo un collar de cristales azules a un hombre con sombrero. Todos los cristales de la montaña estaban conectados, como las raíces de un mismo árbol, y desde el corazón se podía mirar a través de cualquiera de ellos.

Así vio crecer Nueva Lumen sobre la tumba de su ciudad. Así vio a los cristaleros vender a su pueblo, pedazo a pedazo, en los mercados de tres reinos. Así vio a Casa Aria —la casa de su mejor amiga, la que habían soñado juntas a los quince años, sentadas en el tejado del palacio— convertirse en la joyería más rica del mundo, vendiendo los cuerpos de sus vecinos como si fueran gemas.

No podía hacer nada. Solo cantar.

✦

Cada cierto tiempo, el otro le hablaba.

Su voz subía desde el otro lado de la puerta, cálida y amable, como la de un abuelo junto a una chimenea. No amenazaba nunca. No exigía. Pedía.

Déjame verlos. Solo verlos. Mil años cavando, hija mía, mil años en la oscuridad, y tú me cierras la puerta en la cara. ¿Así tratas a tu familia?

Lyra no contestaba. Lyra cantaba. Había leído los murales de las Ruinas Solares cuando tenía doce años. Sabía quién era. Sabía lo que había hecho el rey Haldor, el fundador, el primero, el que cavó demasiado hondo buscando algo que nadie supo nunca qué era, y abrió la puerta, y cruzó. Sabía que el sol negro de su propio pecho era su sello. Sabía que los cristales —las personas, su gente— no eran una maldición de la montaña, sino su defensa: lo que la montaña hacía para esconder a los vivos de lo que había del otro lado. Para que él no los encontrara.

Y sabía que Aria lo había escuchado antes que nadie. Que Aria, que había perdido a Elin un año antes de la Noche del Canto —la primera niña de Lumen en volverse de cristal, una tarde cualquiera, jugando en el cuarto de la princesa—, que no había vuelto a sonreír desde entonces, había bajado sola hasta la capa cien una noche, y había apoyado la oreja en la roca, y la voz le había dicho: todo lo que se pierde, del otro lado se encuentra.

Lyra la había sellado con sus propias manos. A su mejor amiga. En un bloque de cristal en mitad del abismo, como un tapón en una botella. Había llorado mientras lo hacía. Aria la había mirado a través del cristal, con los ojos muy abiertos, y Lyra nunca supo si en esos ojos había odio o perdón.

Después de eso, para cerrar del todo, la montaña había necesitado una llave. Y la llave tenía que ser de sangre real.

Lyra había mirado a su hija. Su hija la había mirado a ella y le había sonreído, con ese hueco en la sonrisa donde se le acababa de caer un diente.

✦

Al nonagésimo año, la montaña tembló.

No fue el otro. Fue la propia montaña, cansada, vieja, moviéndose en sueños. Una grieta se abrió en el corazón de cristal, una grieta pequeña, del tamaño de una niña. Y por la grieta, Lyra vio que su hija abría los ojos.

Fue la decisión más difícil de su vida, y había tomado muchas.

Si la niña seguía dentro del corazón, despierta, la montaña se despertaría con ella. Si salía, la puerta quedaría sin llave, cerrada solo por la canción de Lyra. Pero la puerta aguantaría. Unos años. Quizá diez. Quizá veinte. Lo suficiente para que su hija tuviera lo que la montaña le había quitado: una vida.

Lyra rompió la grieta con las manos. Sacó a la niña. Estaba tibia, despeinada, con el camisón blanco de cien años atrás y la misma cara de la Noche del Canto. No había crecido ni un día. Le dijo mamá con voz de sueño y se volvió a dormir en sus brazos.

Lyra subió las doscientas capas con ella en brazos. No supo nunca cómo lo hizo. Pasó junto a Frigg en El Abismo sin que Frigg la viera —Frigg cantaba con los ojos cerrados, como siempre—, cruzó la Ciudad, el lago, las cuevas, y salió a la superficie una noche de invierno por una grieta de la capa veinte, donde unos mineros borrachos la vieron pasar y creyeron que era un fantasma.

Encontró una casa vacía al pie de la montaña, la última de la calle. Colgó sobre la mesa un cristal de la mina, azul, para poder verla. Dejó en la pared un pico idéntico al suyo. Escribió una lista de compras y la pegó en la alacena, para que la niña tuviera algo de su letra. Y antes de que amaneciera, apoyó la frente contra la frente de su hija dormida y le quitó, con mucho cuidado, uno por uno, todos sus recuerdos.

Todos menos uno.

Por la mañana hizo café. La niña se despertó con el olor. Lyra le dio un beso en la frente, largo, demasiado largo para un día cualquiera.

—Vuelvo antes de la cena, mi pequeña luz.

Y volvió a bajar.

✦

Los diez años siguientes, Lyra miró a su hija a través del farol azul.

La vio llorar las primeras noches. La vio aprender a encender el fuego sola. La vio salir a lavar cristales a los patios de Casa Aria, la casa de Aria, frotando con sus manos de niña los cuerpos de su propio pueblo, y tuvo que seguir cantando. Vio a un muchacho de diecinueve años entrar una noche de invierno con una hoja en la mano, quedarse quieto junto a la cama durante el tiempo que tarda en consumirse una vela y salir sin hacer nada. Lyra parpadeó la luz del farol para darle las gracias, y no supo si él lo había entendido.

Lo vio volver cada invierno a la esquina de la calle, en la sombra, solo para mirar.

Y vio a su hija mirar la mina desde la ventana, cada noche, durante diez años.

Lyra sabía que algún día bajaría. Lo supo desde la primera noche. Era su hija. Era terca, valiente y no tenía ni una gota de sentido común.

Cuando la puerta empezó a ceder, cuando la voz del otro lado se volvió más fuerte que su canción y sintió que la montaña empezaba a despertar, Lyra escribió dos cosas. Una carta para su hija, para que no bajara. Y un contrato para el muchacho que una vez no pudo hacerlo, para que la detuviera si bajaba.

Las dos cosas eran inútiles, y ella lo sabía.

Pero una madre tiene que intentarlo.

PARTE III

La puerta

El Núcleo · Del otro lado · Capa 300
CAPÍTULO X

El Núcleo

El Núcleo · Capa 200

La bajada final no tenía escaleras.

Era una rampa en espiral, ancha, lisa, tallada en una roca rosada que brillaba cada vez más a medida que descendían. Las paredes latían. El suelo latía. El aire mismo vibraba, uno… dos… uno… dos…, tan fuerte que a Freya le sangró la nariz y Tyr tuvo que sostenerla. Frigg cantaba en voz baja, sin parar, y cada vez que cantaba el latido se volvía un poco más lento, un poco más suave, como un animal que se calma bajo una mano.

Aria iba adelante. Muy adelante. Tanto, que a veces la perdían de vista en las curvas de la espiral. Ya no contaba. Hacía horas que no contaba.

Vidar caminaba junto a Hana. Desde la Ciudad no se había separado de ella ni un instante, y desde la capilla de Frigg estaba distinto: más callado aún, si eso era posible, y con una expresión extraña, como alguien que intenta recordar una palabra que tiene en la punta de la lengua.

—Vidar —le dijo Hana en una curva, en voz baja—. ¿Por qué no cumpliste el contrato?

Él tardó en contestar.

—Todavía no lo sé —dijo—. Cuando lo sepa, te lo digo.

Era la primera vez que Hana lo oía mentir. Lo supo porque él no la miró al decirlo, y Vidar siempre miraba.

✦

La rampa terminó en una puerta de piedra, abierta. Y detrás de la puerta estaba el Núcleo.

Era una caverna redonda, perfecta, tan alta que el techo se perdía en una niebla rosada. Las paredes estaban cubiertas de cristales, millones, todos del mismo color de flores de cerezo, todos latiendo a la vez. Y en el centro, flotando a un palmo del suelo, latía un corazón.

Un corazón de cristal del tamaño de una catedral.

No tenía forma de corazón. Tenía forma de corazón de verdad: cámaras, venas, válvulas, todo de cristal transparente, todo brillando por dentro con una luz rosa y violeta que bañaba la caverna entera y le teñía la cara a todos. Cada latido hacía vibrar el aire. Cada latido hacía temblar las piedras del suelo, y los cristales de las paredes respondían al mismo tiempo, como un eco.

Frigg dejó de cantar. Se quedó con la boca abierta, sin voz. Tyr se arrodilló sin darse cuenta. Freya se agarró del brazo de Aria, y Aria la dejó.

Dentro del corazón, una figura dormía abrazando un pico.

Era una mujer. Estaba acurrucada en la cámara más grande, de lado, con las rodillas contra el pecho y el pico entre los brazos, como un niño abraza un muñeco. Tenía el cabello largo, recogido con prisa, de un color que alguna vez había sido rosa y ahora era casi blanco. Su piel brillaba como el cuarzo. No se movía.

Hana dio un paso. Luego otro. Le temblaban las piernas. Le temblaban tanto que tuvo que apoyarse en el pico para no caer. El colgante le golpeaba el pecho al mismo ritmo que el corazón de cristal, y el corazón de cristal latía al mismo ritmo que el suyo, y ya no había ninguna diferencia entre los tres.

Llegó hasta el corazón. Puso la mano sobre el cristal. Estaba tibio.

—…¿Mamá?

La figura abrió los ojos.

Eran sus ojos. Los de Hana. Los de la niña de cristal de la capa noventa. Los de la mujer que había sellado a Aria y lloraba mientras lo hacía. Grises, con un anillo dorado alrededor de la pupila. Hana nunca había conocido a nadie más que tuviera ese anillo dorado.

La mujer la miró a través del cristal. La miró mucho tiempo. Después sonrió, con una tristeza infinita, y movió los labios. Su voz llegó a través del cristal, ronca, gastada, como una canción que alguien ha cantado demasiadas veces.

—Hana… te dije que no bajaras.

Y la verdad apenas comenzaba.

CAPÍTULO XI

La reina dormida

El Núcleo · Capas 205 – 215

Lyra salió del cristal.

No lo rompió. Lo atravesó, como se atraviesa el agua, despacio, y el cristal se cerró detrás de ella sin una grieta. Su piel todavía brillaba como el cuarzo, y al moverse dejaba un rastro de polvo de luz, como las esporas del Bosque Fungal. Era alta, mucho más alta que Hana, delgada como una rama, con el pico todavía en la mano. Caminaba como alguien que no ha caminado en mucho tiempo y tiene miedo de olvidarse de cómo se hace.

Se detuvo frente a su hija.

Hana había imaginado ese momento mil veces. Diez años de imaginarlo, cada noche, mirando la mina desde la ventana. Había imaginado que lloraría. Que gritaría. Que le preguntaría por qué. Que la abrazaría tan fuerte que le rompería las costillas. Que le daría una bofetada.

No hizo nada de eso. Se quedó quieta, mirándola, y lo único que pudo decir fue:

—Tienes el pelo blanco.

Lyra se rio. Fue una risa rota, sorprendida, como si no supiera que todavía podía reírse.

—Cien años, Hana. Cien años cantándole al Abismo para que no despertara. —Se tocó el pelo—. Algo se tenía que gastar.

—Pero yo te vi irte… —Hana sintió que la voz se le quebraba—. Yo era una niña. Hace diez años. Hiciste café. Me diste un beso. Dijiste que volvías antes de la cena.

—Lo sé.

—Diez años, mamá. Diez años te esperé en esa ventana.

—Lo sé. —Lyra estiró la mano, despacio, como quien se acerca a un animal asustado, y le tocó la mejilla con la punta de los dedos. Los tenía fríos y duros como la piedra—. No, hija. Yo te vi crecer desde aquí abajo. En cada cristal que rompías. En el farol azul de la mesa. Te vi aprender a encender el fuego. Te vi llorar las primeras noches. Te vi la primera vez que te cortaste el pelo tú sola, mal, y lloraste más por el pelo que por mí. —Sonrió—. Te vi cada día de esos diez años, Hana. No me perdí ni uno.

Hana sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Y no era la montaña.

—Entonces… —dijo, muy despacio— ¿cuántos años tengo de verdad?

Lyra no respondió.

✦

Fue Frigg quien rompió el silencio. Frigg, que se había quedado atrás, junto a la puerta, con el báculo apretado entre las manos y el almanaque contra el pecho. Dio un paso. Otro. Y al tercero, la voz le salió hecha pedazos:

—¿Lyra?

La reina se dio vuelta. Las dos se miraron a través de la caverna, a través de cien años, una con el pelo blanco y la piel de cuarzo, la otra con la cofia torcida y la cara redonda de una muchacha de diecinueve años que había envejecido solo por dentro.

—Frigg —dijo Lyra—. Seguiste cantando.

—Me dijiste que no parara.

—No pensé que me harías caso. Nunca me hacías caso.

Frigg soltó el báculo. Soltó el almanaque, que cayó al suelo y se abrió, y treinta y seis mil quinientas rayitas quedaron mirando el techo. Cruzó la caverna corriendo, con la túnica recogida, como una niña, y se tiró a los brazos de la reina. Lyra la abrazó. Se quedaron así mucho tiempo, meciéndose despacio, y Frigg lloraba y la regañaba al mismo tiempo, estás helada, estás flaca, mírate el pelo, cien años sin comer, ¿tú sabes lo que me hiciste?, y Lyra se reía con la cara escondida en su hombro.

Freya se secó los ojos con la manga. Tyr fingió toser. Aria no se movió. Aria estaba de pie junto a la puerta, con la libretita de cuero apretada en la mano tan fuerte que tenía los nudillos blancos, mirando a Lyra como se mira una herida que no termina de cerrar.

Lyra la vio por encima del hombro de Frigg. Durante un instante muy largo, las dos se miraron.

—Hola, Aria —dijo Lyra.

—Hola, Lyra. —Aria sonrió—. Tienes un aspecto horrible.

—Tú no has cambiado nada.

—Es lo bueno de pasarse cien años dentro de un cristal, querida. Conserva.

Nadie más dijo nada. Pero Hana, que estaba entre las dos, sintió el aire entre ellas como se siente el aire antes de una tormenta.

✦

Vidar, en cambio, no miraba a nadie. Se había quedado mirando la mano de la reina. La mano con la que sostenía el pico. En el dedo anular llevaba un anillo de plata, ancho y antiguo, con un sello grabado.

Un sol negro.

El mismo sello del contrato.

Vidar no dijo nada. Pero Lyra se dio cuenta de lo que estaba mirando, y soltó a Frigg con suavidad, y se dio vuelta hacia él.

—Sí —dijo Lyra, sin apartar la vista de su hija—. Yo pagué para que te detuvieran antes de la capa cien.

Hana se dio vuelta como si la hubieran golpeado.

—¿¡Mandaste a un asesino por tu propia hija!?

—Mandé al único que sabía que fallaría a propósito.

El silencio que siguió fue el más largo de todo el viaje.

Vidar apartó la mirada. Nunca le había dicho a Hana por qué no cumplió el contrato. Ni el de la capa cien. Ni el otro, el de hacía diez años, el de la noche de nieve y el farol azul, del que Hana no sabía nada. Y tampoco lo dijo ahora.

Pero Lyra lo miró a él —de verdad, por primera vez, con esos ojos grises de anillo dorado que lo habían mirado a través de un farol durante diez inviernos— y le hizo una pequeña reverencia, muy leve, apenas una inclinación de cabeza. La reverencia que una reina le hace a un caballero.

—Gracias, Vidar —dijo—. Por las dos veces.

Vidar no contestó. Pero Hana vio que le temblaba la mandíbula, y que tenía los ojos húmedos, y que por primera vez desde que lo conocía no sabía qué hacer con las manos.

—¿Las dos veces? —preguntó Hana.

—Pregúntale a él —dijo Lyra—. Cuando estés lista para la respuesta.

CAPÍTULO XII

La llave

Detrás de la puerta · Capas 225 – 235

Esa noche —si es que en el Núcleo había noches— acamparon junto al corazón de cristal. Lyra no comió. No tenía hambre desde hacía ochenta años, dijo, y Frigg le hizo comer igual medio pan con miel, a la fuerza, mientras la regañaba. Freya y Tyr se durmieron enseguida, agotados. Aria se sentó lejos, contra la pared, sola.

Hana no podía dormir. Se sentó junto a su madre, frente al corazón, y se quedaron un rato mirándolo latir.

—Hana —dijo Lyra al fin—, el Núcleo no es el fondo de la mina.

—¿No?

—Es una puerta. —Lyra señaló hacia abajo, hacia la base del corazón, donde el cristal se volvía más oscuro y más denso, y se adivinaba una forma redonda, enorme, como el mural de las Ruinas Solares—. La puerta que abrió el primer rey hace mil años. La que la montaña creció para tapar. El corazón es la cerradura. Y la llave…

Lyra la miró.

—La llave eres tú.

El corazón de cristal empezó a latir al ritmo del de Hana. No era nuevo. Llevaba haciéndolo desde la capa veinte. Pero ahora, frente a él, Hana lo sintió de otra manera: no como un eco, sino como una respuesta. Como si el corazón de la montaña y el suyo fueran dos mitades de lo mismo.

—Por eso los cristales te respondían desde la capa veinte —comprendió Frigg, que se había acercado sin hacer ruido—. Por eso no tenías frío. Por eso se te entibiaban en las manos. Por eso te seguían los ojos del lago. —Se tapó la boca—. Por eso el Devorador se detuvo cuando cantaste.

—Por eso —dijo Lyra.

✦

Detrás del corazón, en la pared del fondo, había otra puerta. Pequeña, de piedra, que solo se abrió cuando Hana apoyó la mano en ella. Detrás había un túnel estrecho, y al final del túnel, una cámara.

Y en la cámara, otro mural. Más viejo que la montaña misma.

No estaba tallado. Estaba crecido: dibujado en las vetas de la roca, como si la piedra lo hubiera formado sola, a lo largo de siglos, del mismo modo en que un árbol forma sus anillos. Mostraba a una niña de cabello rosa, de pie, con un pico en la mano. Tenía un colgante con una flor de cerezo. Tenía un hueco en la sonrisa donde se le había caído un diente.

Y debajo, en números antiguos, una fecha.

La de hace cien años.

—Esa… —dijo Hana— soy yo.

—Dormiste aquí abajo cien años, conmigo —dijo Lyra—. Dentro del corazón. Eras la llave. Mientras dormías, la puerta estaba cerrada. —Lyra se acercó al mural y tocó la cara de la niña, igual que Aria había tocado la cara de la reina en las Ruinas Solares—. Cuando la montaña tembló, hace diez años, el corazón se agrietó y tú abriste los ojos. Te subí a la superficie… y te borré la memoria para que pudieras tener una vida.

—¿Una vida? —A Hana se le escapó una risa rota—. Viví sola, mamá. Lavé cristales. Lavé… —Se le cerró la garganta—. Lavé a nuestra gente. Durante diez años. Con estas manos.

—Lo sé.

—¡Deja de decir que lo sabes!

Su grito rebotó en las paredes de la cámara y volvió multiplicado. Lyra no se movió. No se defendió. Se quedó de pie, frente al mural, con las manos de cuarzo colgando a los costados.

—No te voy a pedir perdón, Hana —dijo, muy tranquila—. Porque lo volvería a hacer. Cada cosa. La carta, el contrato, el café, el beso, la mentira. Todo. Te di diez años de una vida pequeña, y triste, y sola. Pero era una vida. Tuya. Con sol. Con nieve. Con pan. —Le tembló la voz por primera vez—. La otra opción era dejarte dormir para siempre dentro de una piedra. Y yo no pude. Soy una mala reina, hija. Una reina buena te habría dejado ahí.

Hana no contestó.

Pensó en el olor del café. En el beso en la frente. En la promesa de volver antes de la cena. Diez años había creído que esa mañana era lo único que le quedaba de su madre, lo único que había sobrevivido a algún dolor demasiado grande para recordar.

No. No había sobrevivido. Se lo habían dejado. Era un regalo. El único recuerdo que su madre no le quitó.

Nada de eso había sido mentira. Solo era más pequeño que la verdad.

—¿Por qué ese? —preguntó Hana—. De todos los recuerdos. ¿Por qué me dejaste ese?

Lyra sonrió.

—Porque era el único en el que yo te prometía volver. Quería que tuvieras algo que esperar.

Hana se acercó. Le tomó la mano de cuarzo, fría, dura, brillante. La apretó. Y las dos se quedaron así, frente a la niña del mural, sin decir nada, hasta que el corazón de cristal, del otro lado de la pared, latió tan fuerte que tembló toda la cámara.

Del otro lado de la puerta, algo había empezado a golpear.

CAPÍTULO XIII

La traición

El coro de cristal · Capas 245 – 255

Los golpes del otro lado de la puerta no paraban.

Eran lentos, pacientes, regulares, como los de un pico contra la roca. Uno… dos… uno… dos… El mismo ritmo de la montaña, el mismo del corazón de Hana, como si quien golpeaba lo hubiera aprendido escuchándolos durante mil años. Con cada golpe, el corazón de cristal se estremecía y una grieta finísima, del grosor de un cabello, avanzaba un poco más por su base.

—Tengo que volver a entrar —dijo Lyra.

Lo dijo sin dramatismo, como quien dice que tiene que volver a casa antes de que llueva. Estaba de pie frente al corazón, con el pico en la mano, mirando la grieta.

—No —dijo Hana.

—Hana…

—No. Acabo de encontrarte. Llevo diez años… —Se le quebró la voz—. No.

—Si no canto, la puerta se abre. Lo sabes.

—¡Entonces canto yo!

Lyra la miró con una ternura que dolía.

—Tú eres la llave, mi luz. La llave no canta. La llave duerme.

Freya, Tyr, Vidar y Frigg estaban alrededor de ellas, en silencio. Nadie sabía qué decir. Nadie sabía qué hacer. Solo Aria se movió.

Se levantó de su rincón contra la pared. Se sacudió el vestido. Se arregló el pelo con dos movimientos rápidos de los dedos llenos de anillos, como hacía siempre antes de cerrar un buen negocio. Y caminó hacia el corazón de cristal con paso tranquilo, sonriendo.

—Gracias por traerla hasta aquí, Hana.

Hana se dio vuelta.

La voz de Aria había cambiado. Ya no era la voz alegre de la mercader que regateaba por cada cristal bonito, que la llamaba socia y cariño, que dejaba monedas en la bolsa de Freya cuando creía que nadie la miraba. Era otra voz. Más grave. Más antigua. Una voz que Hana conocía.

Era la misma voz que cantaba desde el fondo.

La del Abismo Estelar. La que repetía su nombre en dos notas, una alta y una baja. Ha-na. Ha-na. La que la había llamado desde la capa ochenta, desde dentro de un bloque de cristal, día tras día, capa tras capa, hasta que ella llegó.

—Eras tú —dijo Hana—. Todo el tiempo. Eras tú la que me llamaba.

—Cien años, cariño —dijo Aria—. Cien años esperando a la heredera. Alguien tenía que avisarte de que te estábamos esperando. —Ladeó la cabeza—. ¿Y a quién ibas a hacerle caso, si no a una voz que dice tu nombre?

—Me sacaste del cristal para esto —dijo Lyra.

—No, Lyra. Ella me sacó. —Aria señaló a Hana con un gesto de la mano—. Y ella te sacó a ti. Tú no ibas a salir de ese corazón por nada del mundo. Cien años ahí metida, cantando, sin moverte. Ni por mí, ni por Frigg, ni por nuestra gente. —Sonrió—. Pero por ella sí. Sabía que por ella saldrías. Solo había que traerla hasta aquí.

Lyra se quedó blanca. Más blanca que el cuarzo de su piel.

—Y ahora —dijo Aria—, nadie canta.

✦

Aria se detuvo frente al corazón. Apoyó las dos manos en el cristal, sobre la grieta. Y cantó.

No era la canción de cuna. Era la otra. La primera. La que subió por las grietas del suelo la Noche del Canto, la que despertó a los niños y calló a los perros. Una melodía grave, sin palabras, más antigua que las voces. La que el otro le había enseñado a través de la roca, hacía cien años, en la capa cien.

El corazón respondió. La grieta se ensanchó. Del otro lado, los golpes se aceleraron.

—¡Aria, para! —gritó Hana.

—¿De verdad creíste que me sellaron para protegerme? —preguntó Aria, sin dejar de tocar el cristal. Hablaba y cantaba a la vez, con dos voces, como si tuviera dos gargantas—. ¿Que la buena de Lyra me encerró en una piedra para salvarme de algo?

—Te sellé —dijo Lyra, poniéndose delante de su hija— porque eras tú quien quería abrir la puerta.

—¡Claro que quería abrirla! —Por primera vez, Aria gritó—. ¡Elin estaba ahí arriba, Lyra! ¡Volviéndose de cristal en el cuarto de tu hija, de a poco, durante un año entero, mientras tú y yo y todos los sabios de tu corte mirábamos sin poder hacer nada! —Le temblaba la voz—. Y una noche alguien me habló a través de la roca y me dijo que del otro lado todo lo perdido se encuentra. ¿Qué querías que hiciera? ¿Qué habrías hecho tú, si hubiera sido Hana?

Lyra no contestó.

No tenía que hacerlo. Todos sabían lo que había hecho Lyra por Hana. Estaba escrito en las paredes de las Ruinas Solares. En el mural del corazón. En cien años de canto.

—Aria… —dijo Hana. Dio un paso hacia ella. Vidar la sujetó del brazo—. Aria, eras mi amiga.

Aria la miró. Y por un momento, solo por un momento, la otra voz desapareció y volvió la de siempre: la de la mercader, la de la socia, la del cristal bonito y el diez por ciento.

—Todavía lo soy —dijo—. Por eso quiero que veas lo que hay del otro lado.

✦

Entonces los miles de cristales de la ciudad empezaron a cantar.

Se oyó desde lejos, desde muy arriba, desde la Ciudad Perdida, cuarenta capas más arriba: un sonido inmenso que bajó por la rampa en espiral como una avalancha y llenó el Núcleo hasta el techo. Eran voces. Miles. Decenas de miles. Hombres, mujeres, viejos, niños. El panadero de la bandeja, los dos niños del perro, la pareja de ancianos del banco, los soldados de la escalinata. Todos a la vez, sin palabras, un coro desgarrador que hacía temblar la montaña entera.

Y los cristales del Núcleo respondieron. Y los de las paredes del lago, los ojos. Y los del Bosque Cristalino, y los del Abismo Estelar, y los de las Cuevas Cristal. Y allá arriba, muy arriba, en la superficie, en las vitrinas de Casa Aria y en los collares de las damas y en las coronas de los reyes de tres reinos, los cristales de Lumen empezaron a cantar.

Freya se tapó los oídos. Tyr cayó de rodillas. Vidar apretó a Hana contra él, la cabeza de ella contra su pecho, como si pudiera protegerla del sonido con el cuerpo.

—No es el Abismo el que canta —susurró Frigg, con los ojos llenos de lágrimas—. Son ellos. Piden salir.

—Si la puerta se abre del todo… —preguntó Vidar, gritando por encima del coro— ¿vuelven a ser personas?

Lyra tardó en contestar.

—O se convierten en lo mismo que Aria —respondió.

Aria se rio. Dejó de tocar el cristal un momento y, con una mano, se abrió el cuello del vestido de terciopelo granate.

Sobre el pecho, a la altura del corazón, la piel de Aria ya no era piel. Era cristal. Un cristal negro, opaco, que no reflejaba la luz rosada del Núcleo. Y en el centro del cristal, como un tatuaje, brillaba un sol negro.

—Es bonito, ¿verdad? —dijo Aria—. Me salió en el cristal de la capa cien. Despacio. Un poquito cada año. —Volvió a apoyar las manos en el corazón—. No duele nada, Hana. Ya verás.

CAPÍTULO XIV

La última canción

Ante la puerta · Capa 265

La grieta del corazón ya era más ancha que una mano.

Por ella salía una luz que no era rosada. Era blanca, fría, como la luz de una mañana de invierno, y olía a algo que Hana no supo reconocer al principio y después sí: olía a aire libre. A cielo. A viento sobre la nieve. Del otro lado de la puerta, los golpes eran tan rápidos que ya no se distinguían uno de otro. Eran un solo rugido.

Lyra intentó llegar al corazón. Aria cantó más fuerte, y el suelo se levantó entre las dos como una ola de piedra. Tyr se lanzó contra Aria con el hacha en alto; una mano de cristal salió de la pared y lo atrapó en el aire, sin hacerle daño, solo sosteniéndolo, como un niño sostiene un juguete. Freya disparó una flecha. Una de las de Ivar, con la muesca en forma de I. Apuntó a lo que había detrás de Aria, como le había enseñado su padre: al cristal del corazón, a la grieta, al punto exacto donde se abría.

La flecha se detuvo en el aire, a un palmo del cristal, y cayó al suelo.

—Lo siento, querida —dijo Aria, sin darse vuelta—. A mí no me falla nadie.

Hana estaba de rodillas. No podía levantarse. El coro le atravesaba el cuerpo como el latido de la capa veinte, pero mil veces más fuerte, y cada voz del coro la llamaba, y cada voz era una persona, y ella era la llave, y la llave quería abrirse. Lo sentía. Sentía cómo el corazón de cristal tiraba de ella, de su propio corazón, como un imán tira del hierro.

Sería tan fácil. Bastaba con levantarse, caminar hasta la grieta y apoyar la mano. Como en el altar del bosque. Como en la puerta de la cámara del mural. La piedra se ablandaría bajo su palma, tibia como la arcilla, y se acomodaría a ella, y la puerta se abriría, y el coro dejaría de doler.

Vidar le sujetaba los hombros. Le estaba diciendo algo. Hana no lo oía.

Fue entonces cuando Frigg se levantó.

✦

Se levantó despacio, apoyándose en el báculo. Se acomodó la cofia. Se sacudió la túnica. Recogió el almanaque del suelo, donde había quedado abierto desde el abrazo con Lyra, lo cerró con cuidado y se lo puso bajo el brazo, como siempre.

—Lyra cantó cien años —dijo Frigg, dando un paso adelante—. Yo puedo cantar unos minutos.

—Frigg, no —dijo Lyra.

—Frigg, no —dijo Aria, y por primera vez sonó asustada.

Frigg no les hizo caso. Nunca les había hecho caso a ninguna de las dos, ni de niñas en el palacio ni ahora. Caminó hasta quedar entre Aria y la grieta, de espaldas al corazón, de cara a Aria. Y cantó.

Era la misma canción que había cantado tantas veces para los perdidos del Abismo. La canción de cuna. La de la capilla, la del altar del bosque, la que Hana había tarareado toda su vida. La que Frigg le cantaba cada noche a una niña de pelo rosa, en un palacio de cristal, hacía cien años.

Duerme, mi luz, que la montaña vela,

duerme, que el sol se esconde para ti.

La voz de Frigg no era bonita. Era ronca, un poco nasal, con un temblor de vieja en una garganta de muchacha. Pero era fuerte. Más fuerte que el coro. Más fuerte que los golpes. Atravesó el Núcleo como una vela atraviesa la oscuridad, y el coro, poco a poco, empezó a bajar de volumen, como una multitud que se calla para escuchar.

Si un día despiertas y yo no estoy cerca,

Aria dejó de cantar. No quiso. No pudo. Se le cerró la garganta. Hana la vio: con las manos todavía sobre el cristal, los ojos muy abiertos, la boca temblando. Era la canción que Frigg les cantaba a ellas tres —a Lyra, a Aria, a Elin— cuando eran niñas y se quedaban a dormir en el palacio. Antes de todo. Antes de la voz en la roca y de la Noche del Canto. Antes de los cristales.

busca en la piedra:

Y entonces llegó la última nota.

La nota que Frigg llevaba cien años cantando mal. La que debía bajar y Lyra subía. La que Frigg nunca había aprendido, ni a su manera ni a la de Lyra, y se le quedaba siempre a mitad de camino, desafinada, un poquito torcida.

Esta vez, Frigg la subió.

…yo sigo aquí.

No desafinó. Ni un poco. La nota subió limpia, clara, perfecta, exactamente como la cantaba Lyra cuando se asomaba a la puerta del cuarto y la niña se reía. Subió por el Núcleo, por la rampa en espiral, por la Ciudad, por el Abismo, por el bosque y el lago y las cuevas hasta la superficie, y todos los cristales de la montaña, todos, los de las paredes y los de las vitrinas y los de las coronas, se callaron a la vez.

La puerta, que ya empezaba a abrirse, se detuvo.

La grieta del corazón dejó de crecer. Los golpes del otro lado se interrumpieron, como si alguien, allí, se hubiera quedado escuchando.

En el silencio, la voz de Frigg se quebró como el cristal.

Fue un sonido pequeño. Un chasquido seco, como el de una rama que se parte. Frigg abrió la boca para seguir cantando, y no salió nada. Ni una nota. Ni un susurro. Solo aire.

Y luego se apagó.

✦

—¡Frigg!

Hana fue la primera en llegar. La sostuvo antes de que cayera. Frigg pesaba poquísimo, como un pájaro. Seguía sonriendo. Tenía los ojos llenos de cariño, y abría y cerraba la boca sin sonido, y Hana no entendía lo que decía, y lloraba, y le gritaba, y Frigg le acariciaba la cara con una mano que temblaba.

Lyra se arrodilló junto a ellas. Le tomó la otra mano.

—Lo cantaste bien —le dijo, con la voz rota—. Por fin. Cien años esperando y lo cantaste bien.

Frigg sonrió más. Movió los labios. Lyra entendió. Hana no. Pero Lyra se rio entre lágrimas y le contestó:

—Sí. Yo tampoco puedo creer que me hayas hecho caso.

Hana miró el pelo de Frigg, que se le escapaba de la cofia. Tenía un mechón blanco. No lo tenía una hora antes. Mientras lo miraba, apareció otro. El Abismo no deja envejecer a quien le canta. Frigg había dejado de cantar. El tiempo, que la había esperado cien años, se estaba acordando de ella.

Frigg vio que lo miraba. Se encogió de hombros, como quien dice ya era hora, y le señaló hacia adelante.

Hacia la puerta. Hacia la grieta del corazón, quieta, a medio abrir, por donde salía esa luz blanca de mañana de invierno. Hacia lo que todavía quedaba por hacer.

✦

Aria estaba sentada en el suelo, junto al corazón, abrazada a sus rodillas.

Ya no cantaba. Ya no sonreía. Tenía la libretita de cuero abierta sobre el regazo, en la página del dibujo de Elin, y lloraba sin hacer ruido. Por la abertura del vestido se le veía el sol negro del pecho, que había crecido. Le llegaba al cuello.

Hana se acercó. Nadie la detuvo.

—Era nuestra canción —dijo Aria, sin levantar la vista—. Frigg nos la cantaba a las tres. A Lyra, a mí, a Elin. En el tejado del palacio. —Se rio, bajito—. Elin siempre se dormía antes de la última nota. Nunca la oyó subir.

—Aria…

—No me perdones, Hana. —Aria cerró la libretita—. No me perdones, cariño, porque lo volvería a hacer. Igual que tu madre.

Hana se sentó a su lado. No dijo nada. Le tomó la mano. La de Aria estaba helada, más que nunca, y por debajo de la piel se notaba el cristal.

Se quedaron así un rato. Y en ese rato, la grieta del corazón, que había dejado de crecer, empezó a abrirse otra vez. Despacio. Desde el otro lado.

Alguien la estaba empujando con las manos.

CAPÍTULO XV

El primer minero

Del otro lado · Capas 275 – 285

Cruzaron la grieta porque no había otra opción.

La puerta no se iba a cerrar sola, dijo Lyra. Frigg la había detenido, pero no la había cerrado. Y del otro lado, quien la empujaba no iba a rendirse. Llevaba mil años sin rendirse. La única forma de cerrarla era desde adentro.

—¿Desde adentro de qué? —preguntó Tyr.

Lyra no contestó. Miró a Hana. Hana entendió, y no dijo nada, y Lyra vio que había entendido, y tampoco dijo nada.

Dejaron a Frigg junto al corazón, envuelta en la piel de lobo de Tyr, con la cabeza apoyada en el almanaque. Le había salido una arruga en la frente. Sonreía. Aria se quedó con ella. Nadie le pidió que lo hiciera. Se sentó al lado de Frigg, sin decir nada, y le tomó la mano, y Hana la vio por última vez así: la mercader de los diez dedos llenos de anillos, despeinada, con un sol negro subiéndole por el cuello, sosteniendo la mano de la monja que le había cantado de niña.

Después cruzaron.

✦

Al otro lado de la puerta había una mina idéntica a la suya.

Los mismos túneles, los mismos cristales, las mismas vetas de oro. Hana reconoció el Núcleo, la rampa en espiral, la forma de las paredes. Era como entrar en un espejo. Todo estaba igual, en el mismo sitio, con el mismo brillo.

Pero sus túneles subían.

Era difícil de explicar y fácil de sentir. En su mina, todo empujaba hacia abajo: la roca, el aire, la luz, el latido. Aquí, todo tiraba hacia arriba. Las rampas subían. Las escaleras subían. Los cristales de las paredes crecían con las puntas hacia el techo, como plantas buscando el sol. Y la luz no era rosada. Era blanca. Fría. La luz de una mañana de invierno que nunca terminaba de amanecer.

Y el aire olía a cielo.

—No me gusta —susurró Freya—. Que conste.

Nadie le contestó. Pero Tyr le puso una mano en el hombro.

✦

Siguieron los golpes. No había que buscarlos: estaban en todas partes, en el suelo, en el aire, en los dientes. Uno… dos… uno… dos… Bajaron por la rampa del espejo —subieron, en realidad, aunque las piernas les decían que bajaban— durante horas, hasta que la rampa terminó en una pared de roca.

Y frente a la pared, un anciano golpeaba con un pico.

Era muy viejo. Más viejo que nada que Hana hubiera visto nunca: más viejo que el tabernero, que el enano, que la montaña. Tenía la espalda doblada en un arco perfecto, el pelo y la barba tan largos que le arrastraban por el suelo, blancos como la luz de ese lado. Llevaba una túnica que alguna vez había sido roja y ahora era gris, y una corona de hierro, oxidada, fundida con la frente. En el pecho, sobre la túnica, brillaba un sol negro tan grande que le cubría todo el torso.

Golpeaba la pared con un pico gastado, una y otra vez, con la paciencia de quien no tiene otra cosa en el mundo. El pico tenía una muesca en la cabeza de hierro.

No se dio vuelta cuando llegaron. Siguió golpeando.

—Llevo mil años cavando hacia ustedes —dijo, sin dejar de golpear.

Era la voz. La voz amable. La del abuelo junto a la chimenea. La que le habló a Aria a través de la roca, la que le pidió que esperara a la heredera, la que dijo en las Ruinas Solares o estás despertando a quien los tenía atrapados.

—Haldor —dijo Lyra.

El anciano se detuvo. Bajó el pico. Se dio vuelta despacio, muy despacio, como si cada hueso de su cuerpo tuviera que acordarse de cómo se hacía. Tenía la cara arrugada como una pasa y los ojos grises. Con un anillo dorado alrededor de la pupila.

—Hija mía —dijo, con una sonrisa llena de ternura—. Hija de mi hija de mi hija. Cuántas generaciones. Ya perdí la cuenta. —Miró a Hana—. Y la pequeña. La llave. Qué grande estás.

—No soy tu hija —dijo Lyra.

—Todos los reyes de Lumen son mis hijos. —Haldor se apoyó en el pico como en un bastón—. Yo fundé tu ciudad. Yo tallé el primer túnel con este mismo pico. Yo bajé más hondo que nadie, buscando… —Se rio, una risa de hojas secas—. Ya no me acuerdo qué buscaba. Algo. Algo importante. Abrí una puerta y crucé, y la puerta se cerró detrás de mí. Y la montaña, mi propia montaña, creció encima para que no pudiera volver.

Miró a Hana con unos ojos que se parecían demasiado a los suyos.

—La montaña no se tragó a un pueblo, niña —dijo—. Lo estaba escondiendo… de mí.

✦

Freya fue la primera en verlo.

Estaba detrás del anciano, en la sombra, en un túnel lateral. Un muchacho. Joven, delgado, con el pelo plateado. Cargaba piedras. Las sacaba del agujero que abría Haldor, las ponía en una cesta, se llevaba la cesta por el túnel y volvía con la cesta vacía. Una y otra vez. Con la misma paciencia del viejo. Con los ojos vacíos, mirando hacia adelante sin ver nada.

En el pecho, sobre la camisa, tenía un sol negro pequeño, del tamaño de una moneda.

Freya dejó de respirar.

—Ivar.

El muchacho no se detuvo. No se dio vuelta. Siguió cargando piedras.

—¡IVAR!

Freya corrió. Tyr la atrapó al vuelo, la levantó del suelo, la sostuvo contra su pecho mientras ella pataleaba y gritaba el nombre de su hermano una y otra vez, ¡Ivar, Ivar, soy yo, Ivar, mírame!, y el muchacho de pelo plateado siguió cargando piedras, una tras otra, sin mirarla, como si ella no existiera.

—Está bien, niña —dijo Haldor, con infinita amabilidad—. Está bien. Aquí no se pierde nadie. Todo lo que la montaña toma de tu lado, viene a parar aquí. Ese muchacho bajó hasta mi puerta hace cuatro años, buscando algo, como bajamos todos. Ahora me ayuda. Todos me ayudan. —Abrió los brazos, abarcando los túneles, los cristales que crecían hacia arriba—. Cuando la puerta se abra, subiremos todos juntos. Los tuyos. Los míos. Los de cristal. Y no habrá más montaña entre nosotros.

—¿Y qué serán? —preguntó Lyra—. Cuando suban.

Haldor la miró como un abuelo mira a una nieta que hace una pregunta tonta.

—Serán míos.

✦

Lyra tomó a Hana de los hombros. La giró hacia ella, de espaldas al anciano, y le habló muy bajo, muy rápido, con los ojos clavados en los suyos.

—Hana, escúchame. Escúchame bien, porque no hay tiempo. La puerta se cierra desde aquí. Desde este lado. Solo la llave puede cerrarla, y la llave… —Le tembló la voz—. Si la llave cierra la puerta, la llave se queda dentro.

Hana la miró. No se sorprendió. Lo sabía desde el Núcleo. Desde que Lyra la miró en lugar de contestar a Tyr.

—Igual que tú hace cien años —dijo.

—Igual que yo.

—Pero tú no eres la llave. Yo soy la llave.

—Por eso tengo que hacerlo yo —dijo Lyra—. Ya lo hice una vez. Puedo hacerlo otra vez. Me quedo aquí, del otro lado, cantando, y tú vuelves con tus amigos y…

—¿Y qué? —Hana se soltó—. ¿Y vuelvo a la casa del farol azul? ¿A lavar cristales? ¿A esperar otros diez años en la ventana? —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. No, mamá. Esta vez no. Esta vez no me vas a dejar con un beso y un café.

Detrás de ellas, Haldor había vuelto a golpear la pared. Uno… dos…

Y entonces Vidar desenvainó su daga.

La hoja salió de la vaina sin un sonido, como siempre. Vidar se puso entre Hana y el anciano. Después miró a Lyra. Después a Hana otra vez. Después a Freya, que lloraba en los brazos de Tyr. Después al muchacho de pelo plateado, que cargaba piedras con un sol negro en el pecho.

Por primera vez en su vida, no sabía a quién proteger.

✦

—Hana —dijo Vidar.

Ella lo miró. Él no la miraba. Miraba al anciano, con la hoja en alto, y habló muy rápido, en voz muy baja, como quien suelta algo que lleva demasiado tiempo cargando.

—Hace diez años me pagaron para matar a una niña de siete años que vivía sola en la última casa de la calle de la montaña. —Tragó saliva—. Entré de noche. Nevaba. Había un farol azul sobre la mesa. La niña estaba dormida, y tarareaba. Una canción de cuna. Y se equivocaba en la última nota. La subía. —Por fin la miró—. No pude. Esa es la primera vez. La segunda fue el contrato de tu madre.

Hana no pudo hablar.

—No te detuve en la capa cien —dijo Vidar— porque ya había fallado una vez, y no me arrepentí nunca. Y no pensaba arrepentirme por segunda vez. —Volvió a mirar al anciano—. No sé qué vas a hacer ahora. No sé si quieres que te detenga, o que te siga, o que me quede quieto. Pero te lo pregunto a ti. No a ella. A ti.

Hana miró a su madre. Miró a Vidar. Miró a Freya y a Tyr. Pensó en Frigg, al otro lado de la grieta, con su primera arruga. En Aria, con su sol negro y su libretita. En la ciudad de cristal mirando hacia arriba. En los diez años de ventana.

—Síganme —dijo.

Y echó a correr. No hacia la puerta. Hacia el fondo.

CAPÍTULO XVI

El reflejo

El fondo del fondo · Capa 300

Pasó junto a Haldor antes de que el anciano pudiera darse vuelta. Pasó junto al muchacho de pelo plateado, que por un instante, solo un instante, levantó la vista de su cesta y la siguió con la mirada. Se metió en el último túnel, el más estrecho, el que no subía ni bajaba, el que tiraba de su corazón como un imán tira del hierro.

Oyó a Vidar detrás de ella. Oyó a su madre gritar su nombre. Oyó a Tyr, a Freya.

Después el túnel se cerró a sus espaldas, con un sonido suave, como una piedra que se acomoda en su sitio, y ya no oyó nada.

✦

Capa doscientos noventa. Doscientos noventa y cinco. Hana bajaba —o subía, ya no lo sabía— por un túnel que se estrechaba cada vez más, hasta que tuvo que avanzar de lado, con la espalda contra una pared y el pecho contra la otra. El colgante le golpeaba las costillas. El latido era tan fuerte que ya no se oía: se veía, en el temblor de las piedras, en el polvo que caía del techo al mismo ritmo, uno… dos… uno… dos…

Capa trescientos. El fondo del fondo.

El túnel se abrió de golpe en una caverna pequeña y redonda, y el latido se detuvo.

No había más túneles, ni más cristales, ni más canto. Ni golpes. Ni coro. Ni voces. Solo silencio. Un silencio tan completo que Hana oyó su propia sangre. Y una luz pálida que no venía de ningún lado, ni rosada ni blanca, del color de las cosas que todavía no han decidido qué ser.

En el centro de la caverna había una mesa de madera. Dos banquetas. Una manta doblada con cuidado. Los restos de una fogata. Y sobre la mesa, dos tazas de barro.

Hana tocó una. Estaba tibia.

✦

Frente a ella, al otro lado de la mesa, había una chica de cabello rosa, con un pico en la mano.

Hana no la había visto llegar. Estaba ahí, sin más, como la niña de cristal de la capa noventa. De pie. Tranquila. Esperando.

Tenía sus ojos, grises, con el anillo dorado. Su colgante de plata, con la flor de cerezo, abierto sobre el pecho. Su pico, con la misma muesca. Su sonrisa, sin el hueco del diente. Tenía el pelo un poco más largo, una cicatriz fina en la ceja que Hana no tenía, y las manos llenas de callos, como alguien que ha picado roca durante mucho, mucho tiempo.

Pero en su pecho brillaba un sol negro.

No pequeño, como el de Ivar. No subiendo por el cuello, como el de Aria. Entero. Le cubría el corazón, perfecto, negro, opaco, y no reflejaba la luz.

—¿Quién… eres? —preguntó Hana.

La otra Hana inclinó la cabeza, como quien mira una foto vieja de sí misma. Había ternura en ese gesto. Y cansancio. Un cansancio enorme, como el de Frigg con su almanaque, como el de Aria contando latidos.

Metió la mano en el bolsillo y sacó una hoja de papel, doblada, gastada. La desdobló sobre la mesa, entre las dos tazas.

Era la lista. La lista de la capa cuarenta. Los mismos nombres, la misma letra pequeña y redonda, la misma H inclinada. Brann. Odila. Gerd. Maelis. Todos tachados, con una línea fina y decidida.

Todos… menos el último.

Hana metió la mano en su propio bolsillo. Sacó su lista. La desdobló al lado de la otra.

Eran idénticas. Hasta la última línea. Hasta la mancha de grasa en la esquina, donde la había tocado con los dedos sucios de pan en la capa cuarenta.

Hana levantó la vista. La otra Hana le sostuvo la mirada.

—La escribí yo —dijo la otra—. La vas a escribir tú.

Tomó un trozo de carbón de la fogata apagada. Se inclinó sobre la mesa. Y con una línea fina, recta, decidida, tachó el último nombre de su lista.

Hana.

Después se enderezó, dejó el carbón y la miró con una sonrisa que Hana conocía de memoria, porque era la suya.

—Soy la Hana que sí abrió la puerta —dijo—. Y vine a advertirte: llegas tarde.

Sonrió.

—Otra vez.

Continuará…

La historia de Hana sigue en las próximas actualizaciones de Cristal Rush.

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